Humilde Coraje

(11° Domingo Ordinario: Ezequiel 17:22-24; 2 Corintios 5:6-10; Mark 4:26-34)

En la primera lectura, Dios declara, “Yo, el Señor, humillo al árbol elevado y exalto al árbol humillado”. ¿Puedes oír el eco de estas palabras en un pasaje mucho más conocido?

Estamos pensando en el Magnificat de María: “Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes”.

El concepto clave en ambos textos es la humildad, que es igualmente fundamental en el mensaje de Nuestra Señora de La Salette. La Bella Señora vio que su pueblo cayó en el abatimiento. Pero en lugar de humillarse, se rebeló. Estaba lejos de mostrar la actitud expresada en el Salmo de hoy: “Es bueno dar gracias al Señor, y cantar, Dios Altísimo, a tu Nombre; proclamar tu amor de madrugada, y tu fidelidad en las vigilias de la noche”.

Recordemos cómo comienza el Magnificat. “Mi alma canta la grandeza del Señor”. No es tan fácil como parece. Entre los que pensamos lo mismo, sí, podemos proclamar la grandeza y la bondad de Dios. Pero es otra cosa en el día a día de nuestro mundo. Requiere coraje.

Dos veces en nuestra segunda lectura San Pablo dice que “nos sentimos plenamente seguros”, porque “nosotros caminamos en la fe y todavía no vemos claramente”. En otras palabras, nosotros ponemos nuestras vidas en las manos de Dios, y confiamos en que él lleve a cabo su obra en nosotros y por medio de nosotros, tan misteriosamente como él hace germinar las semillas y crecer las plantas. Jesús usa esta imagen en el Evangelio de hoy para describir el Reino de Dios, al cual cada uno de nosotros pertenece.

Sin embargo, darnos cuenta de nuestro rol único y distintivo no es fácil, porque no siempre estamos atentos a los sutiles movimientos del Espíritu en nosotros. Aquí hay algunas preguntas que pueden ayudar a hacer el discernimiento. ¿Quién es tu santo favorito? ¿Cuáles son tu oración, cántico, pasaje de la escritura favoritos?

Más específicamente para nosotros, ¿Cuál es tu parte favorita del relato de La Salette? ¿Qué parte del mensaje te conmueve más profundamente?

Las repuestas a estas preguntas pueden ayudarnos a discernir la manera en que el Señor desea que le sirvamos. Aceptar esa invitación probablemente requerirá de coraje; y ciertamente hará falta humildad.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

“Mi Sangre, la Sangre de la Alianza”

(Corpus Christi: Éxodo 24:3-8; Hebreos 9:11-15; Marcos 14:12-16, 22-26)

Moisés en la lectura del Éxodo dice: “Esta es la sangre de la alianza que ahora el Señor hace con ustedes”. Muy parecidas son las palabras de Jesús en el Evangelio, “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos”.

La primera es la sangre de los animales sacrificados en nombre del pueblo elegido. La segunda es la sangre de Cristo, “mi sangre”, derramada por muchos, es decir, por todos los que entrarán en su alianza.

Una alianza se hace entre dos o más partes. Cada una tiene expectativas razonables acerca del otro, cada uno se compromete a ser fiel a los acuerdos realizados. Notemos que antes de que Moisés aspergiera a los hebreos con la sangre de la alianza, ellos declararon, “Estamos resueltos a poner en práctica y a obedecer todo lo que el Señor ha dicho”.

Después de la Nueva Alianza, lo mismo sucedió. En La Salette la Madre de Jesús se quejó: “En verano, sólo van algunas mujeres ancianas a Misa. Los demás trabajan el domingo, todo el verano. En invierno, cuando no saben qué hacer van a Misa sólo para reírse de la religión”.

Considerando la centralidad de la Eucaristía como “fuente y culmen” de la vida eclesial, esta es de verdad una crítica condenatoria. Por años en muchas comunidades cristianas, la participación en la iglesia ha estado en declive. Las encuestas afirman que un alarmante porcentaje de católicos no creen en la presencia real de Jesús en la Eucaristía. (Esto puede darse porque no saben explicarla).

Esto es lo que pasa cuando olvidamos que la Alianza en la sangre de Cristo es, primero y ante todo, una relación personal. El salmo de hoy lo coloca en estos términos: “¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo? Alzaré la copa de la salvación e invocaré el nombre del Señor”.

¡Si tan sólo pudiéramos ser en todo momento conscientes de la bondad de Dios! Nos sentiríamos menos inclinados a darlo por hecho, o inclusive a no descuidar el don de la Eucaristía, el “signo eficaz” (es decir el sacramento) del derramamiento de la preciosas sangre de Cristo por nosotros.

En la misa nos hacemos eco de las palabras del Salmista: “Cumpliré mis votos al Señor, en presencia de todo su pueblo”. Esto también forma parte del hacer conocer el mensaje de María.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

¿Te has dado Cuenta?

(Santísima Trinidad: Deuteronomio 4:32-40; Romanos 8:14-17; Mateo 28:16-20)

¿Cuántas veces has pensado en la Santísima Trinidad la semana pasada? Supongamos que fuiste a la Misa Dominical, recitaste el Rosario tres veces, y rezaste con el breviario la oración de la mañana o de la tarde una vez.

Agregándolo todo se llega como mínimo a unas 25 veces en que, ya sea escuchaste, leíste o pronunciaste los nombres del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Pero la pregunta es: ¿pensaste en ellos? Estuviste atento o, usando una expresión saletense, ¿ hacían ustedes bien la oración? ¿Estabas de verdad rindiendo homenaje a la Santísima Trinidad?

Tal vez es debido a nuestra tendencia a la distracción que la Iglesia nos ofrece cada año una solemnidad en la cual podemos conscientemente adorar a Dios en toda su magnificencia y gloria trinitarias.

La revelación del misterio más profundo de Dios llevó siglos. Primero con la creación. “Él lo dijo, y el mundo existió, él dio una orden, y todo subsiste” conforme leemos en el Salmo Responsorial. Después de elegirse un pueblo, lo liberó de la esclavitud, tal como Moisés se lo hace recordar en la primera lectura. Finalmente, él nos envió a su Hijo, quien a su vez nos envió el Espíritu.

Sin usar un lenguaje trinitario, el mensaje de Nuestra Señora de La Salette evoca al Padre que rescató a su pueblo, pero cuyos mandamientos estaban siendo ignorados. Su crucifijo nos muestra al Hijo que redimió y reconcilió a su pueblo; y este se negó a brindarle el respeto y la adoración que le son debidos. Las lágrimas de María son su modo de decir, “¿Cómo pudieron olvidarlo?”

¿Podría ser el Espíritu la Fuente de la luz de la cual ella estaba formada, o la inspiración detrás de sus palabras? Sea como fuere, el Padre, el Hijo y el Espíritu se reflejan plenamente en su ternura y belleza.

Uno podría sentirse tentado a ver otra dimensión trinitaria en la aparición. La Salette es una y tres. Es un evento singular; pero sus tres momentos dan origen a las distintas imágenes de la Madre que llora, la Conversación, y la Asunción.

En la segunda lectura, San Pablo nos dice que nosotros hemos recibido “el espíritu de hijos adoptivos” y que somos “coherederos de Cristo”. Por lo tanto, démonos cuenta de lo que decimos cuando rezamos, “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, al Dios que es, que era y que vendrá” (Aclamación del Evangelio).

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Reavivar el fuego

(Pentecostés: Hechos 2, 1-11; Gálatas 5, 16-25; Juan 15, 26-27; 16, 12-15)

Los discípulos estaban reunidos en la sala donde solían hacerlo habitualmente. Ahí oraron, y eligieron a Matías para reemplazar a Judas y, como les había dicho Jesús en su Ascensión, estaban esperando “la promesa del Padre”.

Entonces, en forma de viento y fuego, vino el Espíritu para llevarlos, por así decirlo, desde la sala donde se reunían hacia el mundo para predicar, “según el Espíritu les permitía expresarse”.

En la Aclamación del Evangelio de hoy oramos: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”; y en la Secuencia: “Suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos”.

En la segunda lectura, San Pablo está tratando de ayudar a los Gálatas a comprender que sus disputas sectarias (entre otras cosas) no tienen nada que ver con los frutos del Espíritu. “Si vivimos animados por el Espíritu, dejémonos conducir también por Él”, escribe. En otras palabras, deja atrás todo aquello que no sea del Espíritu.

Cuando leemos estas palabras, podemos inclinarnos a sentirnos culpables por los cargos. Si es así, ¿qué nos retiene? En La Salette, María vino a reavivar el fuego del amor de Dios en su pueblo. Con un mensaje deliberadamente inquietante, quiso sacarlos de su complacencia, para que respondan a su vocación cristiana, como el Espíritu les permitía.

El desafío de Pentecostés es siempre reavivar nuestro corazón, pero no sólo para nosotros. El fuego está destinado a propagarse. Está inquieto; si permanece en un lugar, se extinguirá.

Así también con La Salette. Los visitantes de la Montaña Santa a menudo derraman lágrimas cuando tienen que irse. Pero La Salette es como la sala de reunión de Pentecostés. Lo que se experimenta allí no debe limitarse sólo a ese lugar.

La Bella Señora apareció envuelta en una luz, para llamar nuevamente nuestra atención y reconducirnos a su Hijo. Ella habló de manera que sea comprendida. Como saletenses, no nos basta con repetir sus palabras. Queremos escuchar verdaderamente a los demás, hablar su “idioma”; todavía necesitamos que el Espíritu Santo nos impulse al mundo para predicar, trabajar, vivir y mostrar nuestro amor por Dios, y así ayudarnos a traducir el mensaje de La Salette con nuestras palabras y acciones.

Traducción: P. Diego Diaz, M.S.

Comisionados por Cristo

(La Ascensión, se celebra el Domingo en muchas Diócesis: Hechos 1:1-11; Efesios 4:1-13; Marcos 16:15-20.)

La conclusión del Evangelio de Marcos, que leemos hoy, parece combinar el relato de la Ascensión de Jesús que está en Lucas con el de Mateo en el que Jesús manda proclamar el Evangelio a todo el mundo.

La comisión ha sido dada. ¡Qué gran encargo, qué tremenda responsabilidad! Sin embargo, no tengan miedo, porque Cristo no nos alistó para el fracaso sino para un éxito seguro.

En la primera lectura, justo antes de la Ascensión, Jesús hizo una promesa: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén... y hasta los confines de la tierra”.

En Marcos, Jesús les habló a sus apóstoles acerca de los signos que los acompañarían en sus ministerios, luego de lo cual fue apartado de su vista.

En La Salette, la Bella Señora prometió signos que ocurrirían, “si se convierten”. También entregó una comisión, comenzando con Melania y Maximino: “se lo dirán a todo mi pueblo”.

Luego al darse vuelta, repitió su mandato final, y ascendió volviendo al cielo. Ella vino a recordarnos de manera muy gentil, la obra que su Hijo había dejado para que la lleváramos a cabo, y luego ella se fue.

Esta fiesta se trata de más que un reconocimiento de que Cristo ascendió al lugar que le corresponde a la derecha de Dios. Se trata también de nosotros, el cuerpo de Cristo en la tierra, también deseosos de ascender, para estar con Cristo cabeza de la Iglesia. Necesitamos ponernos manos a la obra.

Tenemos las herramientas, especialmente los sacramentos. Tenemos el manual de instrucciones, es decir, las Escrituras y las enseñanzas de la Iglesia. Cada uno tiene su habilidad particular, su carisma y especialidad; tal como leemos en la segunda lectura: “Él comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros. Así organizó a los santos para la obra del ministerio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe”.

Rezamos: “Enciende, Señor, nuestros corazones con el deseo de la patria celestial, para que, siguiendo las huellas de nuestro Salvador, aspiremos a la meta donde él nos precedió” (Misa de la Vigilia). Como saletenses, también ansiamos ver a María allí.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Amados y Elegidos

(6to Domingo de Pascua: Hechos 10:25-48; 1 Juan 4:7-10; Juan 15:9-17)

Jesús les dice a sus discípulos, “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero”. Ellos ya lo sabían, por supuesto, pero ahora, en las vísperas de su pasión, es un recordatorio importante. Las mismas palabras han resonado a lo largo de las edades, a cada generación de creyentes. También a cada uno de nosotros.

Maximino y Melania no eligieron a la Santísima Virgen. Fue ella quien los eligió. Comenzando con ellos, su mensaje, también ha producido un fruto duradero.

Esta elección no es exclusiva. En la primera lectura de hoy, San Pedro y sus compañeros en la casa de Cornelio,

“quedaron maravillados al ver que el Espíritu Santo era derramado también sobre los paganos. En efecto, los oían hablar diversas lenguas y proclamar la grandeza de Dios”. Ellos no podrían haber tenido una mejor confirmación de las palabras de Pedro, “Dios no hace acepción de personas”.

Por tanto, las palabras del Salmo de hoy son ciertas: “Los confines de la tierra han contemplado el triunfo de nuestro Dios”.

El Espíritu Santo vino como un don, trayendo dones a los que la Iglesia llama Carismas. El carisma de La Salette no es algo que elegimos por nuestra cuenta. Al contrario, este nos atrae hacia sí. Somos sus ministros, proclamando la reconciliación en todos los confines de la tierra.

Pero no nos olvidemos de las otras lecturas de hoy, todas en torno al amor. Cuando Jesús nos dice que nos amemos los unos a los otros, nos provee el fundamento y el modelo: “como yo los he amado”. Esto quiere decir en primer lugar que debemos creer que él nos ama, y aceptar su amor. Luego, debemos esforzarnos en imitarlo – un desafío que resuena en la segunda lectura.

Uno de los más hermosos poemas de la literatura comienza con estas palabras, “¿De qué modo te amo? Deja que cuente las formas”. Si escuchamos a Jesús con nuestro corazón, ¿podemos oírle contando las maneras en las que nos ama?

Como saletenses, quizá necesitemos solamente mirar el crucifijo sobre el corazón de la Bella Señora. En la santa montaña ella se apareció en un tiempo y lugar necesitados de un mensaje de amor y de ternura misericordiosa.

Entonces que nuestra oración sea la de aceptar el inacabable amor de Dios, y vivir por él, glorificando a Dios en palabra y obra, hablando en lenguas de Amor (con o sin palabras).

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Fruto de la Vid o del Árbol

(5to Domingo de Pascua: Hechos 9:26-31; 1 Juan 3:18-24; Juan 15:1-8)

Jesús, tomando una imagen familiar para cualquier persona de su tiempo, se describe a sí mismo como la vid y a sus discípulos como los sarmientos en la viña del Padre. Para nosotros, él bien pudiera haber usado una metáfora diferente, una huerta de frutales, por ejemplo. Entonces habría dicho, “yo soy el árbol”.

Todo lo demás sería lo mismo: “El sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid... El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto”. Los sarmientos buenos se podan y los viciosos se descartan.

El Padre, que cuida de la vid, también cuida del árbol. Él sabe que ciertos brotes crecen rápido pero nunca darán fruto, y si se les permite crecer simplemente succionarán la savia del resto. Él también sabe lo que se necesita para incentivar un crecimiento saludable, y para producir los mejores y más abundantes frutos.

Jesús casi parece estar suplicando a sus discípulos cuando les dice, “Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes”. Él se preocupa por ellos. En La Salette, una Bella Señora con tristeza observó que algunos cristianos ya no mostraban interés por aquel llamado del Señor.

Utilizando el propio lenguaje de María acerca del trigo arruinado y las papas podridas, podemos decir que ella encontró que la vid o el árbol estaban muy necesitados de poda y cuidado, llenos de plaga, y cubiertos de inútiles brotes de apatía espiritual. Por lo tanto, ella viene con el remedio, la medicina necesaria cuando nos ofrece la oportunidad de la conversión y la reconciliación, para que nosotros, los sarmientos, podamos volver a producir frutos una vez más.

Hay otra manera en que La Salette es un ejemplo de lo que la verdadera conversión puede hacer para que se produzcan buenos frutos. Veamos los esfuerzos misioneros que las comunidades religiosas y los movimientos laicales han desarrollado en torno a la Aparición. Por medio de ellos, muchas personas y países han recibido la “gran noticia” de María; La misión ha desembocado en abundantes frutos de reconciliación.

Si podemos, por un momento, dar relevancia a la metáfora del árbol, podemos pensar en frutos inesperados, que el cultivador no descarta. Podríamos aplicar esto a personas marginadas que deben ser incluidas en nuestra misión; como San Juan dice en la segunda lectura: “No amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad”.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

El Señor es mi…

(4to Domingo de Pascua: Hechos 4:8-12; 1 Juan 3:1-2; Juan 10:11-18)

La mayoría de nosotros, si se nos pidiera terminar la frase del título, diríamos: Pastor. Pudiera sorprendernos el hecho de que hoy, a menudo llamado “Domingo del Buen Pastor”, no tengamos el Salmo veintitrés como nuestro responsorial.

Sin embargo, mientras el Evangelio se enfoca sobre Jesús como el buen Pastor, las otras lecturas y el Salmo proveen otras imágenes o títulos.

Por ejemplo, Jesús es la piedra rechazada. San Pedro, continuando su discurso, el que había comenzado la semana pasada, aplica el Salmo 118 al pueblo reunido en torno a él en el Templo: “la piedra que ustedes, los constructores, han rechazado”, reflejando la relación hostil de parte de algunos del pueblo y de sus líderes.

En La Salette, la Santísima Virgen dio ejemplos de cómo su pueblo había rechazado a su Hijo. ¿Hemos sido nosotros, personalmente, merecedores de sus reproches? Al contemplar el crucifijo sobre su pecho, ¿escuchamos las palabras de San Pedro, hablando de “Jesucristo de Nazaret, al que ustedes crucificaron”? Si es así, acerquémonos al Señor con humilde arrepentimiento.

Jesús es la piedra angular, el cimiento de nuestra fe y de la fe de la Iglesia. Esta imagen es muy cercana a lo que encontramos en el Salmo 18, donde David llama al Señor “mi fuerza, mi Roca, mi fortaleza y mi libertador”. Henos aquí, frente a nuestro Dios en una relación de confianza.

Ocurre lo mismo con el Buen Pastor, por supuesto, aunque a veces el orgullo nos tienta querer caminar por nuestra cuenta y resulta que nos encontramos andando la senda del pecado por nosotros mismos. Ya que queremos que el Pastor nunca nos abandone – hay que recordar las palabras de María, “Si quiero que mi Hijo no los abandone” ¿por qué entonces nosotros lo abandonaríamos? Necesitamos que nos guíe, que nos nutra (especialmente en la Eucaristía), que nos proteja.

Piedra rechazada, Piedra Angular, Buen Pastor: vemos que no son sólo nombres sino relaciones con Dios Hijo.

Algunos podrán decir, “El Señor es mi amigo”, no como un igual, por supuesto, sino como aquel que verdaderamente se interesa por nosotros. Eso forma parte del mensaje de La Salette.

Pensémoslo. ¿Quién es Jesús para ti? ¿Quién eres tú para él? Más importante aún. ¿Sientes cuán profundamente eres amado? Y ¿respondes de la misma manera?

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Acérquense

(3er Domingo de Pascua: Hechos 3:13-19; 1 Juan 2:1-5; Lucas 24:35-48)

El título de hoy cita la primera palabra de María a los niños en La Salette. Ella añade, “No tengan miedo”. Reconocemos el patrón, en reversa, desde las Escrituras.

En el último Evangelio dominical, Tomás fue invitado a acercarse a Jesús tanto como para tocar sus heridas. Hoy Lucas nos da un relato similar. Mientras dos discípulos estaban contando cómo se habían encontrado con Jesús en el camino de Emaús y ¡de repente, ahí estaba! Los tranquilizó a todos, “Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo”.

En ambas versiones de este relato, las primeras palabras de Jesús son, “La paz esté con ustedes”. Este pudo haber sido el saludo normal, “Shalom”, pero el contexto le da un significado más rico. La invitación a tocar es vista como una manera de restaurar la paz interior.

Esto es casi como si la iglesia esta semana nos estuviera dando una segunda oportunidad, una segunda invitación para reconocer a Cristo crucificado, a Cristo resucitado, y a desear con más celo aún el ser sus fieles discípulos.

El discurso de Pedro en la primera lectura de hoy da a entender que su audiencia había perdido la oportunidad de aceptar a Jesús como el Redentor y, en su lugar, lo enviaron a la muerte. Pero no todo está perdido. Si leemos entre líneas, Pedro está diciendo, “Ustedes también pueden salvarse”. Al decirles que hay que arrepentirse para convertirse, les está invitando a acercarse a aquel que puede darles la verdadera paz.

¿Acaso no es eso lo que Nuestra Señora nos dice? También nosotros podemos ser salvados. Ella nos hace rememorar a su manera aquello que escuchamos hoy en la segunda lectura: “Jesús es la Víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero”

Después de calmar el temor de sus discípulos Jesús dijo:” Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados”.

Maximino lo dijo, cuando él y Melania bajaron apresurados hacia la Bella Señora, “nadie hubiera podido pasar entre ella y nosotros”- Ella vino para hacer que su pueblo se acerque más a su Hijo, para restaurar la paz con él. Estamos llamados a hacer conocer aquel mensaje.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

¿Imposible?

(2do Domingo de Pascua: Hechos 4:32-35; 1 Juan 5:1-6; Juan 20:19-31)

Para el Apóstol Tomás una cosa era cierta: Jesús estaba muerto y sepultado. Por lo tanto, era simplemente imposible que los otros lo hubieran visto vivo. Las puertas de su mente estaban aún más fuertemente cerradas que las del lugar en donde los discípulos estaban reunidos al atardecer de ese primer día de la semana.

Otra cosa imposible se presenta como un hecho en la primera lectura. “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos”. Y en el Salmo leemos: “La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular”.

Estas cosas están fuera del alcance de la comprensión humana, por eso el salmista acota: “Esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a nuestros ojos”. La segunda lectura lo plantea de otra manera: “Y la victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe”.

Cualquiera viendo el estado del cristianismo en la Francia del siglo XIX podría haber pensado como algo imposible la sobrevivencia de la Iglesia, dada la hostilidad que había en su entorno, y la fe tibia de muchos de sus miembros. Pero, como los Apóstoles que “daban testimonio con mucho poder de la resurrección del Señor Jesús”, la Madre de nuestro Señor, con gran ternura, le hizo a su pueblo un llamado a la reconciliación y a la conversión de corazón, por medio de un fiel retorno a la oración y a la Eucaristía.

El relato de Tomás en el Evangelio de hoy es para nosotros un recordatorio de que nuestra fe no es algo que se da por sentado, sino que hay que valorarla como el más grande y el más bello de los dones. Sí, Jesús puede atravesar las puertas cerradas de la indiferencia, de la complacencia, del orgullo, del abatimiento, etc. Pero ¿queremos realmente nosotros colocarnos en esa postura?

Jesús en su misericordia tomó la iniciativa de poner a Tomás de nuevo en el lugar que le corresponde entre los Apóstoles. Luego pronunció una Bienaventuranza: “¡Felices los que creen sin haber visto!” Esto es también para nosotros.

La Oración Inicial de hoy expresa bellamente el propósito: “para comprender, verdaderamente, la inestimable grandeza del bautismo que nos purificó, del espíritu que nos regeneró y de la sangre que nos redimió”.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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