Un Dios, un pueblo

(3er Domingo de Cuaresma: Éxodo 3:1-15; 1 Corintios 10:1-12; Lucas 13:1-9)

La parábola de la higuera de hoy se encuentra solamente en el Evangelio de Lucas. Sin embargo, no nos equivocaremos si le encontramos un paralelo con La Salette. Como el hortelano tratando de salvar el árbol, la Bella Señora se presenta a sí misma como la que reza sin cesar por su pueblo.

En la primera lectura, Dios dice: “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo”. María fue testigo del pecado de su pueblo – en particular de los gritos y de las quejas mezclados con el nombre de su Hijo – sino también de su sufrimiento. Ella bajó para traer el remedio para ambos casos.

San Pablo escribe acerca de “nuestros padres” en camino hacia la tierra prometida. Concluye: “Muy pocos de ellos fueron agradables a Dios, porque sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Todo esto aconteció simbólicamente para ejemplo nuestro, a fin de que no nos dejemos arrastrar por los malos deseos, como lo hicieron nuestros padres. No nos rebelemos contra Dios, como algunos de ellos”.

Por aquel entonces, pocos o ninguno de los cristianos creyentes de Corinto tenían ascendencia judía, y lo mismo es cierto en nuestro caso. Pero nuestra herencia cristiana incluye el Antiguo Testamento, y en otros lugares Pablo dice claramente que nosotros somos hijos de Abraham.

Por lo tanto, nosotros somos el único pueblo escogido del único Dios verdadero, cuyo nombre infinitamente misterioso es “YO SOY”. ¿Qué clamor nuestro él escucha hoy? ¿Andamos quejándonos, o nos volvemos hacia el Señor en oración? ¿Aprovechamos bien del alimento espiritual y de la bebida espiritual que él nos ha dado?

Las buenas noticias vuelan, se dice. Puede que sea cierto, pero las malas noticias atraen más la atención. El Evangelio de hoy menciona dos acontecimientos trágicos. La respuesta de Jesús es, “Si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”.

Aquel dicho puede parecer insensible, pero refleja la urgencia de la misión de Jesús. Así, también en La Salette, María comenzó su discurso con las palabras, “Si mi pueblo no quiere someterse”. Ella debía causar un impacto.

Sin embargo, en ambos casos, queda un amplio margen para la esperanza. Entonces, vayamos de nuevo al Señor con la oración inicial de la Misa de hoy: “Levanta con tu misericordia a los que nos sentimos abatidos por nuestra conciencia”.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

¿Cristianos modelo?

(2do Domingo de Cuaresma: Génesis 15:5-18; Filipenses 3:17—4:1; Lucas 9:28-36)

¿Quién de nosotros sería tan atrevido como para presentarse a sí mismo como modelo de fe y de vida cristiana? Y sin embargo San Pablo lo hace en la segunda lectura. “Sigan mi ejemplo y observen atentamente a los que siguen el ejemplo que yo les he dado”.

No se trata de jactancia personal, sino de una honesta declaración de la dedicación de San Pablo a Cristo y a la Iglesia. De su convicción y conciencia personal de haber sido elegido, privilegiado.

Abrám en la primera lectura, y Pedro, Santiago y Juan, en el Evangelio, fueron seleccionados de entre los otros para bendiciones especiales. Abrám recibió la promesa y la alianza de Dios; los discípulos vieron y oyeron cosas asombrosas.

Los otros podrían haberse preguntado ¿por qué ellos y yo no? Pero Abrám y los discípulos podrían a su vez preguntarse, ¿por qué yo y no algún otro? Las escrituras no nos ofrecen respuesta.

En La Salette, ¿por qué a Maximino, por qué a Melania? ¿Por qué no a personas más preparadas para semejante tarea? En nuestro ambiente saletense, ¿por qué tú, por qué nosotros?

Aquellos que realmente experimentan la presencia de Dios se transfiguran, a veces repentinamente, pero normalmente de manera gradual. Vemos esto en la vida de los santos. Quizá tú lo viste en personas que conoces. ¿Has pensado en aquella presencia, “¡qué bien que estamos aquí!?

¿Cómo fue que llegaron a este estado? Muy probablemente, sus transfiguraciones persona(es se entrelazaron con sus conversiones, pues respondieron al mandato del cielo, del que se hace eco en La Salette, “Este es mi Hijo, el Elegido; escúchenlo”.

Dios llevo afuera a Abrám para mostrarle las estrellas. Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan y subió a la montaña para orar y revelar su gloría antes de su viaje final a Jerusalén.

La Bella Señora, manifestada en luz, atrae a las personas primero hacia sí misma, pero las lleva finalmente hacia Jesús. Ella quiere transformar a los pobres pecadores en santos lavados y relucientes en la sangre del cordero.

Así como Abrám o los tres discípulos, ¿Qué promesas oiríamos nosotros, que cosas asombrosas veríamos? No todos nosotros nos transformaremos en modelos a imitar por los demás, pero algunos lo harían. ¿Por qué tu no?

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Un tiempo de prueba

(1er Domingo de Cuaresma: Deuteronomio 24:4-10; Romanos 10:8-13; Lucas 4:1-13)

La Cuaresma ya está aquí. Hemos tomado algunas resoluciones, quizá ir a Misa diariamente o decir algunas oraciones. Nos hemos impuesto a nosotros mismos ciertos sacrificios (ayunar de dispositivos electrónicos, por ejemplo) posiblemente en vistas de buscar el bien de los demás. En un sentido real, estamos poniéndonos a prueba a nosotros mismos.

Por este mismo hecho, nos estamos exponiendo a la tentación. Podríamos comenzar a cuestionarnos si estamos abarcando mucho, o sentirnos inclinados a hacer algunas excepciones, relajar nuestra disciplina, o redefinir la oración, el ayuno, el dar limosna.

La Cuaresma y La Salette combinan bien. Ambas nos invitan a la conversión y a poner ante nuestros ojos al Cristo Crucificado – sin mencionar el hecho de que la Bella Señora explícitamente mencionó la Cuaresma en su discurso.

En las Escrituras, “tentar” y “probar” se usan indistintamente. Así, al tentar a Jesús en el desierto, el diablo lo estaba poniendo a prueba.

Recordemos que los cuarenta días de Jesús en el desierto ocurren cuando “recién había sido bautizado”. Acababa de escuchar la voz del cielo, “Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección“. Es por eso que el diablo comienza dos de las tentaciones diciendo, “Si tú eres Hijo de Dios”. No debemos pensar que Jesús no fue tentado realmente para comprobar aquello.

De manera similar, una experiencia de conversión es típicamente seguida de un tiempo de prueba. Muchos peregrinos en La Salette responden al llamado de María. El desafío para ellos tiene lugar cuando bajan de la montaña y retornan a los quehaceres de la vida diaria, especialmente si no reciben el apoyo de la gente que les rodea.

En la primera lectura, se describe un ritual que hace alusión a los cuarenta años durante los cuales los hebreos deambularon por el desierto luego de que Dios los había liberado de la esclavitud “con el poder de su mano y la fuerza de su brazo” Pusieron a prueba al Señor muchas veces. Hoy, Dios sigue ahí, esperando que nosotros lleguemos a creer con todo nuestro corazón, y pongamos nuestra fe y nuestra confianza en él.

Cada uno de nosotros encontramos nuestra propia manera de vivir la Cuaresma, pero no es una manera puramente personal. Necesitaremos de las oraciones de los demás, de los sacrificios, y de ayuda si queremos realmente peregrinar con Cristo en nuestros corazones y en nuestro espíritu. Animémonos los unos a los otros a rezar más, ayunar más, dar más, mientras nos atrevemos a decir, “No nos dejes caer en la tentación”.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

¿Qué hay en tu corazón?

(8vo Domingo Ordinario: Eclesiástico 27:4-7; 1 Corintios 15:54-58; Lucas 6:39-45)

Hay un anuncio de una tarjeta de crédito que concluye con la pregunta, “¿Qué hay en tu billetera?” El Eclesiástico, en la primera lectura de hoy, y Jesús en el Evangelio, ambos, en efecto, preguntan: “¿Qué hay en tu corazón?” y buscan la respuesta en nuestra manera de hablar.

El Eclesiástico compara la palabra hablada con el grano que se cierne, revelando cuanta sustancia, mucha o poca, hay en nuestra mente y corazón. En La Salette, María usa una imagen, incluso más poderosa. “Si tienen trigo, no deben sembrarlo. Todo lo que siembren se lo comerán los bichos y lo que salga se pulverizará cuando lo sacudan.”

Es, en primer lugar, una advertencia de la hambruna que se viene; pero también es un símbolo elocuente del estado de la fe de su pueblo, que se hizo añicos, arruinada por la indiferencia. ¡Qué terrible tragedia!

También el Evangelio nos recuerda nuestras faltas. Jesús dice, “¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo?” Puede ser muy fácil criticar a los demás, como si nuestro comportamiento personal y nuestras opiniones fueran una normativa para los demás. Esta actitud, y quizás muchas otras, no son fáciles de superar.

Pero no todo está perdido. Si fuera así, la Bella Señora nunca hubiera venido.

San Pablo, al final del largo capítulo sobre la resurrección, exclama: “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón? ... ¡Demos gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo! Por eso, queridos hermanos, permanezcan firmes e inconmovibles, progresando constantemente en la obra del Señor, con la certidumbre de que los esfuerzos que realizan por Él no serán vanos”.

Sí, necesitamos ponernos manos a la obra, esforzarnos para vivir nuestra fe con integridad. Sin embargo, la victoria no la logramos nosotros. Está más allá de nuestras fuerzas – pero no de nuestro alcance. En La Salette María nos recuerda los medios puestos a nuestra disposición en la Iglesia y en nuestras vidas personales, dándonos la posibilidad de compartir el triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte.

La esperanza en la victoria es más que simplemente desearla. Se basa en las promesas como la del salmo de hoy: “Trasplantado en la Casa del Señor, florecerá en los atrios de nuestro Dios”. ¿Está esto en tu corazón?

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

¡Todo un desafío!

(7mo Domingo Ordinario: 1 Samuel 26:2-23; 1 Corintios 15:45-49; Lucas 6:27-38)

En la Salette, María nos recuerda nuestras obligaciones a la hora de honrar el Nombre y el Día del Señor (La misa y el reposo), de respetar la disciplina cuaresmal, y de rezar. Estas están incluidas en su llamado a la sumisión.

Hay abundante material aquí para un examen de conciencia. Pero el Evangelio de hoy nos ayuda a entender que hacer lo que la Bella Señora nos pide es sólo el principio.

Jesús deja claro que espera mucho más de sus discípulos que la observancia de la Ley. Los mandamientos son el fundamento, no toda la estructura. Algunos de sus oyentes deben haber pensado que estaba yendo demasiado lejos al pedir una actitud pacífica, y hasta sumisa, ante los enemigos. En nuestros tiempos tampoco es fácil aceptar exigencias como estas.

¿Nuestra fe nos hace mejores personas? En la primera lectura encontramos un excelente modelo en David. Su fe en el Dios de Israel nunca se tambaleó. Así que, cuando tuvo la oportunidad de destruir a su enemigo mortal, el Rey Saúl, le mostró misericordia, en lugar de lastimar al ungido del Señor.

Esto es lo que el mundo necesita hoy. Es lo que el mundo siempre ha necesitado, y siempre necesitará. Nunca hubo ni nunca puede haber un exceso de caridad, aquel amor que Dios derrama en nuestros corazones. Nunca será perfecto ni pleno, porque, como dice San Pablo en la segunda lectura, llevamos la imagen terrena del hombre terrenal, Adán.

Sin embargo, no debemos desanimarnos. Nunca estamos por encima del poder perdonador de Dios. Podemos, por la gracia de Dios, llevar la imagen del hombre celestial, Jesucristo.

Al mismo tiempo, no debemos ser autocomplacientes, como si nuestros pensamientos y palabras y acciones no le importaran realmente a Dios. El Señor sabe lo que pensamos, lo que decimos y hacemos, pero también conoce nuestros corazones. Por ejemplo, cuando cumplimos el mandato de Jesús, “Dale a todo el que te pida”, ¿es pura nuestra motivación?

¡He aquí el desafío de ser fieles y tener una fe viva! De todo corazón, oremos con las palabras de la oración inicial de hoy: “Concédenos que llevemos a la práctica en palabras y obras cuanto es de tu agrado”.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Como un árbol

(6to Domingo Ordinario: Jeremías 17:5-8; 1 Corintios 15:12-20; Lucas 6:17, 20-26)

Dos veces encontramos hoy la imagen del árbol frutal plantado cerca de la fuente de agua. Jeremías usa esta imagen para describir a aquellos que confían en el Señor; el Salmo la aplica a aquellos que se deleitan meditando en la ley del Señor. Ambas pintan una imagen dolorosa de aquellos que ponen su confianza y deleite en otras cosas.

A primera vista, Jesús parece utilizar el mismo lenguaje, pero es claro que el “¡Ay de ustedes!” es muy distinto a una maldición. Es una advertencia. Encontramos una preocupación similar algunas veces en el contexto de La Salette. Lo que algunas personas leen como amenazas de María, se entienden mejor como advertencias.

La figura del árbol puede ser aplicada a todas las lecturas del hoy, y también a La Salette. El punto de las bienaventuranzas y los ¡ay de ustedes! de Jesús, y las promesa y advertencias de María, es el de invitarnos a poner nuestra confianza en Dios y no en nosotros mismo.

Incluso la segunda lectura, en la cual San Pablo insiste en la verdad de la resurrección del cuerpo, se conecta con el mismo tema. Como griegos, los corintios se sentían orgullosos de su filosofía, la cual no tenía el concepto de la vida corporal después de la muerte. Pablo expresa una especie de “ay de ustedes”, “Si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y sus pecados no han sido perdonados”.

Volviendo a la idea del árbol plantado cerca del agua, hay que recordar que el agua es un símbolo significativo en La Salette. María vino a ayudar a que su pueblo tenga profundas raíces y hojas verdes que no se desvanecen y dé frutos abundantes.

Además del arroyo real y físico, la Bella Señora nos hace recordar de otro arroyo que es siempre una fuente de vida. “¿Hacen ustedes bien la oración, hijos míos?... Deben hacerla bien, por la noche y la mañana”. Si ella hubiera pensado en el Salmo 1, podría haber preguntado, “¿Se complacen en la ley del Señor?... deben meditar en su ley de día y de noche”.

Como ustedes saben, las plantas no solamente necesitan agua, sino también luz. La oración puede compararse con la fotosíntesis, al permitirnos recibir la luz de Cristo, la que, con el agua, obrará para que podamos fortalecernos en nuestra fe y vivir en permanente esperanza.

Las tormentas son inevitables, y los días oscuros y difíciles también, pero tendremos abundante bendición si permanecemos unidos al Señor Resucitado y a su Santísima Madre.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Mar adentro

(5to Domingo Ordinario: Isaías6:1-8; 1 Corintios 15:1-11; Lucas 5:1-11)

Hay muchas similitudes entre las tres lecturas de hoy. Por ejemplo, un encuentro extraordinario con el Señor provocó que tanto Isaías como Pablo y Simón se hicieran profundamente conscientes de su condición de pecadores. Esto podría ser también parte de nuestra propia experiencia de vida.

Otra comparación es menos obvia, pero igualmente importante. Jesús le dice a Simón, “Navega mar adentro, y echen las redes” y, algunos versículos más adelante, “No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres” Tanto Isaías como Pablo fueron admitidos en las profundidades del misterio de Dios, y les fue dada una misión.

En La Salette, la imagen es una vez más, diferente, pero la realidad es la misma. Nos sentimos atraídos, hacia lo alto de la montaña, pero allá, junto a Melania y Maximino, se nos da una misión, la de hacer conocer un mensaje importante por medio de nuestras palabras y con nuestro propio ejemplo de vida.

Isaías se sintió especialmente perturbado, pero recibió un signo del perdón de Dios cuando la brasa encendida tocó sus labios. María identificó algunos de los signos por medio de los cuales su pueblo estaba ofendiendo al Señor; y nos hizo recordar la importancia de poner en práctica nuestra fe católica, especialmente en la Eucaristía instituida por Jesús “para el perdón de los pecados”. Acuérdate de esto la próxima vez que la hostia consagrada se pose en tus labios.

La Iglesia también provee el signo de la absolución en el sacramento de la Reconciliación, que cada sacerdote saletense atesora en su corazón. ¡Cuántas hermosas historias podríamos contar!

Volvemos de nuevo a las tres “palabras saletenses” claves: la reconciliación (reconocer y aceptar que no somos dignos); la conversión (volver a Dios y aceptar su perdón); y el hacer conocer el mensaje (evangelizar).

En el caso de Simón, esto comenzó cuando dejó que Jesús usara su barca como tarima desde la cual enseñar a la multitud. Poco sabía Simón a dónde le conduciría este simple acto de generosidad.

El claro mensaje que la Bella Señora proclamó en La Salette es algo que el mundo todavía necesita urgentemente. Si en nuestros corazones y por medio de nuestras acciones dejamos que Jesús entre en la humilde barca de nuestras vidas y vaya cada vez más desde lo profundo tomando el mando, ¿Quién sabe cuánto bien pudiéramos hacer?

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Un lugar seguro

(4to Domingo Ordinario: Jeremías 1:4-19; 1 Corintios 12:31—13:13; Lucas 4:21-30)

Comenzamos esta reflexión con una oración, por nosotros o por los que pasan necesidad, nos dirigimos al Señor con el Salmo de hoy. “Sé para mí una roca protectora, Tú que decidiste venir siempre en mi ayuda, porque Tú eres mi Roca y mi fortaleza”.

Dios llamó a Jeremías para ser un profeta, diciéndole, “Antes de formarte en el vientre materno, Yo te conocía; antes de que salieras del seno, Yo te había consagrado”. Imaginemos cómo sería oír semejantes palabras, tener la certeza de que el Señor tiene un plan para nosotros.

Jeremías era joven y no tenía experiencia, y trató de negarse; pero Dios le prometió estar con él y, como escuchamos en la primera lectura de hoy, hacer de él “una plaza fuerte, una columna de hierro, una muralla de bronce”, preparado para la dura vida que le esperaba más adelante.

Puede que nosotros estemos más decididos que Jeremías, pero aun así nos hacen falta algunas de las garantías que el recibió. Necesitamos un sentido de seguridad, confiando siempre en que el Señor es nuestro refugio.

Tengamos en cuenta de que Maximino y Melania no estaban preparados para semejante tarea. La dulzura en la voz de la Bella Señora hizo que se sintieran seguros, y el recuerdo de su ternura debió ser un refugio para ellos cuando debían enfrentar la incredulidad, y hasta la hostilidad, de muchas personas.

En el Evangelio de hoy, Jesús no sintió al principio el rechazo total en su pueblo natal, pero tampoco se encontró con la bienvenida que razonablemente podría hacer esperado. Pareciera que sus antiguos vecinos pensaban que él se andaba dando aires de grandeza. Cuando buscamos compartir nuestra fe, y es triste decirlo, a veces nosotros también podemos ser mejor recibidos por personas que no nos conocen tanto.

Cuando leemos la famosa descripción del amor de San Pablo, en la segunda lectura, la imagen de Dios mismo viene continuamente a nuestras mentes. Esto no debería ser una sorpresa, ya que San Juan en su Primera Carta (4:16), escribe, “Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él”.

Entonces nuestra oración podría ser así: “Tu amor lo es todo, oh Señor. En él encuentro mi refugio, y nunca seré avergonzado”. Anclémonos en la roca de nuestra salvación, es decir, en una relación de amor con Dios, mientras buscamos llevar la reconciliación a nuestro mundo.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

El Ambón

(3er Domingo Ordinario: Nehemías 8:2-10; 1 Corintios 12:12-30; Lucas 1: 1-4 y 4:14-21)

En la primera lectura, Esdras se pone de pie sobre una plataforma especialmente construida para la ocasión, para que se le pudiera ver y escuchar mejor mientras daba lectura al Libro de la Ley.

Esa estructura es muy conocida por nosotros, obviamente, ya que la vemos en la mayoría de nuestras Iglesias, la llamamos el ambón. Su propósito es resaltar la importancia de la Palabra de Dios que se proclama desde allí. También se usa para la predicación, la homilía y para la Oración de los Fieles.

El ambón como un elemento arquitectónico tiene su prominencia en la iglesia. ¿Hay un lugar semejante en nosotros mismos y en nuestra iglesia doméstica en el que la Palabra (La Ley) es reverenciada, guardada, y proclamada? En La Salette, María demostró que ese no era el caso.

Entonces, ella eligió un lugar alto, una montaña como ambón, para traer su gran noticia, un recuerdo de cosas dejadas de lado por su pueblo. Una de esas cosas era la Ley, desde luego, pero no se trataba de una simple lista de normas y reglamentos. Ella no vino solamente para decirnos que nuestra naturaleza caída y el pecado nos habían separado de Dios, sino que quiso que supiéramos que Dios todavía desea que tengamos una relación con él, si nos convertimos, poniendo la Palabra nuevamente en un lugar prominente en nuestra vida de cada día.

Las diversas maneras en que podemos hacerlo se destacan de manera especial en nuestra segunda lectura, en la que San Pablo continua su comentario sobre los dones del Espíritu. Todos somos necesarios, cada uno de nosotros en su propia individualidad, para servir a todo el cuerpo. Nuestra individualidad no debería ser motivo de aislamiento ni de separación sino un don con el cual aportar al conjunto del cuerpo de Cristo.

Es difícil imaginar a dos personas tan distintas una de la otra como eran Melania Calvat y Maximino Giraud. Pero María los escogió a ambos. Nosotros que hemos recibido aquel único celo misionero saletense, deberíamos también vernos a nosotros mismos como parte de un todo, y encontrar aquella única gracia, aquel único don, por medio del cual podamos aportar al conjunto y fortalecer a todo el Cuerpo de Cristo.

En el Evangelio de hoy, Jesús se identifica con las palabras de Isaías, “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió”. Nosotros también somos ungidos y enviados de manera única y personal. Que estas reflexiones semanales, en el espíritu de la Bella Señora, sean un ambón desde el cual Jesús es fielmente proclamado.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Multiplicidad de dones

(2do Domingo Ordinario: Isaías 62:1-5; 1 Corintios 12:4-11; Juan 2:1-11)

Terminamos la reflexión de la semana pasada con estas palabras: “Nunca debemos olvidar ni descuidar el don que recibimos en nuestro bautismo”. Las lecturas de hoy nos ayudarán a desarrollar más este tema.

En el capítulo 6 de Isaías, el profeta describió su llamado. Dios preguntó, “¿A quién enviaré?” e Isaías se ofreció: “¡Aquí estoy: envíame!” Hoy en Isaías 62, dice, “Por amor a Sión no me callaré, por amor a Jerusalén no descansaré”. Él era la voz de Dios en medio de su pueblo; siempre atento a la voluntad de Dios, la proclamó fielmente.

Hoy el Evangelio nos brinda el relato de las Bodas de Caná. Debido a que nos enfocamos más en el milagro, normalmente no pensamos en este pasaje en el contexto de la profecía. Sin embargo, podemos ver que María desempeña un rol profético. Reconociendo la voluntad de Dios en las necesidades de los demás, ella no se queda callada. Habla con Jesús. Luego, con palabras que evocan a las de los profetas, les dice a los sirvientes, “Hagan todo lo que él les diga”. Entonces Jesús lleva a cabo el signo profético.

En La Salette vemos la misma dinámica. Como los profetas, María se convierte en nuestra abogada ante el Señor. A nosotros ella nos habla por medio de advertencias – haciéndonos recordar lo que debemos hacer – y por unas promesas – mostrándonos lo que podemos esperar – y a todo añade el persuasivo poder de las lágrimas.

El don de la profecía no se le da a cualquiera. La segunda lectura lo resalta con eminente claridad. San Pablo menciona otros dones más del Espíritu. De hecho, si consideramos la historia de la Iglesia, existen comunidades religiosas cuya vocación es… ¡el silencio!

En el contexto de la multiplicidad de dones, el “no me quedaré en silencio” se convierte en un “no me cerraré al movimiento del Espíritu”. Sea el que fuere nuestro don, debemos darle uso. San Pablo escribe, “En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común” es decir, para los demás, en la comunidad cristiana, primeramente, y en otros lugares también.

Cuando ponemos nuestros dones al servicio de los demás, estamos haciendo realidad el mandato expresado en el Salmo Responsorial: “Anuncien las maravillas del Señor por todos los pueblos”.

Aceptar la voluntad de Dios significa que el don de la fe recibido en el bautismo encontrará su expresión en otros dones. Así, tal cual es nuestra vocación Saletense.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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