Encontrar nuestro lugar

(29no Domingo Ordinario: Éxodo 17:8-13; 2 Timoteo 3:14-4:2; Lucas 18:1-8)

En 1876, los Misioneros de Nuestra Señora de La Salette no tenían ni 25 años de existencia, y, aun así, tuvieron que enfrentarse a una decisión. Se presentó una propuesta, la de desarrollar dos ramas dentro de la Congregación; una contemplativa y penitencial, la otra activa en el apostolado. La primera debía proporcionar apoyo espiritual a la segunda.

La idea es similar a la que vemos hoy en la lectura del Éxodo. Mientras Josué se enfrentaba en batalla contra Amalec, Moisés oraba desde su ubicación en la cima de la colina. Así, cada vez que los soldados levantaban la mirada, recobraban el valor viendo orar a Moisés.

Muchas veces miramos a la Bella Señora y decimos, “Nuestra Señora de La Salette, Reconciliadora de los Pecadores, ruega siempre por nosotros que recurrimos a ti”. Sabemos que ella reza constantemente por nosotros. Ella misma nos lo dijo.

Pero nosotros no somos recipientes pasivos. Los laicos saletenses, en particular, pueden asumir varios roles. La imagen de Aarón y de Jur en la primera lectura es especialmente llamativa en este contexto. Ellos no están con Josué en el campo de batalla. No están orando como Moisés. En cambio, cuando los brazos de Moisés comenzaban a cansarse, ellos encontraban maneras creativas de ayudarle a continuar con su ministerio. Ellos estaban apoyando a ambos, a Moisés y a Josué.

Este relato de Éxodo se usa a veces para interpretar las palabras de María acerca del brazo de su Hijo. Es así como ella es vista actuando como Aarón y Jur, sosteniendo el brazo de Jesús al tiempo que intercede por nosotros.

En la celebración de la Eucaristía, el sacerdote en el altar puede ser comparado con Moisés sobre la colina. Mirando a la congregación y rezando por ella, él no está solo, sino que tiene el apoyo del pueblo por medio de su participación fiel y activa en toda una variedad de ministerios litúrgicos y otros servicios en la Iglesia.

¿Eres un Moisés? El mundo necesita de tu oración, de tu ejemplo. El mundo necesita verte sobre la colina con tus manos levantadas a lo alto en oración, para tomar fuerza de tu ejemplo y convertirnos, y que lleguemos a ser el pueblo que él desea que seamos.

¿O quizá eres un Josué, o un Aarón o un Jur, u otra figura de la escritura? Todos podemos encontrar nuestro lugar en la Iglesia y en el mundo saletense.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Gratitud por la curación

(28vo Domingo Ordinario: 2 Reyes 5:14-17; 2 Timoteo 2:8-13; Lucas 17:11-19)

Ya que vamos a reflexionar sobre la gratitud, comenzamos agradeciendo a todos y a cada uno de ustedes fieles lectores, y a aquellos de entre ustedes que de vez en cuando envían sus comentarios útiles y alentadores.

También hablaremos de curación. En la primera lectura de hoy, un leproso, Naamán, es sanado, mientras que en el Evangelio son diez los leprosos sanados. A renglón seguido de estas sanaciones hay expresiones de gratitud.

Nuestra Señora de La Salette lloró por la muerte de los niños y por el hambre que ya había comenzado a hacer estragos en Europa. La causa era una forma de lepra, no de las personas sino de los alimentos básicos. María habló del trigo arruinado, uvas podridas y nueces carcomidas. La desesperación provocada por esto no era distinta a la que experimentaban los leprosos, aun en tiempos modernos.

En una visión profética de abundancia, la Bella Señora prometió la sanación de la tierra, por decirlo así, un alivio del hambre para su pueblo.

Naamán regresó a Eliseo diciendo, “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no ser en Israel. Acepta, te lo ruego, un presente de tu servidor”. Veamos por qué, cuándo, y cómo él expresa su gratitud. El porqué se ve claramente. El cuándo: tan pronto posible. El cómo: mediante la ofrenda de dones a Eliseo, sí, pero en un nivel más profundo por su conversión a la fe de Israel.

Naamán se zambulló en el Jordán siete veces. Esta acción nos hace pensar en el bautismo; el número nos recuerda los sacramentos, memoriales perpetuos de nuestra conversión al amor de Dios.

Los peregrinos a La Salette regresan a sus casas con agua de la fuente donde María se apareció. Naamán llevó dos mulas cargadas de tierra, para usarla como una especie de alfombra de oración, como un constante recuerdo de la misericordia de Dios.

En el Evangelio, diez leprosos fueron purificados. Uno, “al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias”. Jesús entonces le dijo. “Levántate y vete, tu fe te ha salvado”.

Purificado, sanado, salvado. Tales son los signos, los frutos, y algunas veces hasta la causa de conversión. El orden exacto es de poca importancia. Lo que importa más es, que una vez que experimentamos de primera mano la misericordia de Dios, vivimos nuestra vida con gratitud y fidelidad.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Auméntanos la fe

(27mo Domingo Ordinario: Habacuc 1:2-3, 2:2-4; 2 Timoteo 1: 6-14; Lucas 17:5-10)

Cuando los apóstoles le dijeron a Jesús, “Auméntanos la fe”, ellos daban a entender dos cosas: la primera, que ellos ya la tenían; y la segunda, que Jesús era el responsable de mejorarla.

¿Por qué esperarían ellos que Jesús hiciera tal cosa? Seguramente era algo por lo cual ellos mismos debían ser responsables. La respuesta de Jesús parece casi expresar que la fe de ellos, si es genuina, es perfectamente adecuada.

Aun así, existen ciertas prácticas básicas que ayudan a aumentar la fe, o hasta a restaurarla. En La Salette, María nos recuerda algo tan simple como la oración de la mañana y de la tarde, guardar el santo día del Señor, observar las prácticas cuaresmales.

Ella dice, “Si se convierten,” – que puede incluir, por ejemplo, recibir el sacramento de la Reconciliación mensualmente. Nuestra Madre llorosa sugiere, como lo hizo Jesús con la semilla de mostaza, que, si nuestra fe es genuina, veríamos cosas maravillosas: rocas que se convierten en montones de trigo, y papas que aparecen sembradas por los campos. La conversión siempre puede ser más profunda. La fe siempre puede fortalecerse. Aunque el Señor mire con bondad nuestros esfuerzos, nunca serán lo suficientemente buenos sin su ayuda.

En la segunda lectura, San Pablo le dice casi lo mismo a Timoteo cuando escribe: “Conserva lo que se te ha confiado [el don de Dios], con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros”. El Catecismo de la Iglesia Católica, en su primerísimo parágrafo, describe este don: “Dios..., en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada”.

En la primera lectura, cuando Habacuc parece estar al borde de la desesperación, el Señor le promete, “El justo vivirá por su fidelidad”. La constancia, es, por lo tanto, esencial para crecer en nuestra vida de fe.

Y la humildad también lo es. Vemos esto en la segunda parte del Evangelio, una parábola acerca de los servidores.

En este pasaje, Jesús nos dice que estamos llamados a hacer más; no es suficiente para nosotros sólo ser. “Ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: ‘Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber’”.

Jesús no está poniendo en tela de juicio nuestros esfuerzos, pero nos invita a estar siempre dispuestos a servir. Cuando Dios exige más, demos más. Como María, ¡entreguémoslo todo!

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Un corazón misericordioso

(26to Domingo Ordinario: Amós 6:1-7; 1 Timoteo 6:11-16; Lucas 16:19-31)

Nos sumergimos en nuestra reflexión con la Antífona de Entrada de hoy: “Todo lo que hiciste con nosotros, Señor, es verdaderamente justo, porque pecamos contra ti y no obedecimos tu ley; pero glorifica tu nombre, tratándonos según tu gran misericordia”.

Sin ponernos demasiado técnicos con respecto al origen de las palabras, podemos afirmar que misericordia significa compasión o, en términos más poéticos, un corazón sensible al pobre, al afligido y al pecador. La misericordia es el corazón del Evangelio y de la Aparición de Nuestra Señora de La Salette.

La primera lectura y el evangelio se centran en un gran mal: la incapacidad de mostrar misericordia. En ambos se muestra a personas que viven satisfechas en su propio mundo de bienestar, sin preocupación por el sufrimiento de los demás. Por lo tanto, su perdición es inminente.

En la segunda lectura, Pablo, actuando como instructor y director espiritual de Timoteo, lo llama hombre de Dios, y escribe, “practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia, la bondad”. Esto debe incluir la misericordia.

La Misericordiosa Madre de La Salette tuvo un corazón sensible por el acongojado pecador. Su pueblo sufría a causa de sus pecados. Ella vino a mostrar que se puede obtener misericordia volviendo al Señor y a su Iglesia.

Hay una imagen en el evangelio que nos llamó la atención de una manera particular. El hombre rico, desde su lugar de tormento, exclama, ““Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan”.

Ya era tarde para él, pero no es demasiado tarde para que nosotros podamos ofrecer una gota del agua de La Salette, figurativamente hablando, por medio de nuestro ministerio y oración, a aquellos que tienen sed de bondad humana y divina.

Este pensamiento toma un significado más profundo cuando lo aplicamos a Dios. Una simple gota de misericordia del dedo de Dios trae frescura y un alivio del sufrimiento. Una gota de la sangre de Jesús, dada a nosotros en la Eucaristía, puede restaurarnos el favor de Dios. Que nuestra participación en la Misa no se transforme en una acción vana.

Y cultivemos el deseo de tener un corazón sensible a los desolados pecadores, seamos agentes de la misericordia de Dios donde estemos y cuando podamos.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Llamados a rendir cuentas

(25to Domingo Ordinario: Amos 8:4-7; 1 Timoteo 2:1-8; Lucas 16:1-13)

Un administrador está a cargo de las propiedades de otra persona. Es un puesto de confianza. El personaje principal del Evangelio de hoy es un administrador deshonesto, a quien su amo le dijo: “Dame cuenta de tu administración”.

En la Iglesia, el concepto de administración se aplica a menudo al tiempo, al talento y a las riquezas, y cada vez más, al planeta. Después de leer el texto de Amos como también del Evangelio, podemos sentir que Dios nos acaba de llamar y que ahora debemos preparar una rendición de cuentas de nuestra administración.

Desde una perspectiva saletense, podríamos decir que la Bella Señora tocó el tema de la administración del tiempo. “¿Hacen bien la oración?” Rezar bien no se trata únicamente de que debemos evitar la distracción, por ejemplo. Más bien, es una cuestión de tomarse un tiempo apropiado para orar, y asegurarnos de que recemos con el corazón, no solamente con nuestros labios.

María también mencionó el Día del Señor dos veces. Primero, hablando como los profetas en nombre de Dios, ella dice, “Les he dado seis días para trabajar y me he reservado el séptimo, pero no quieren dármelo”. Más tarde afirma que solamente unas cuantas mujeres ancianas van a misa en verano, y que cuando otros van a la iglesia, lo hacen para burlarse de la religión.

Por último, “En Cuaresma, van a la carnicería, como los perros”.

Aun fuera del contexto religioso, necesitamos examinar nuestro uso del tiempo. Por supuesto, permitiéndonos un apropiado tiempo libre, necesitamos evitar malgastar horas en actividades – o sedentarismo –por lo cual seríamos incapaces o nos avergonzaría tener que rendir cuentas. En nuestra vida profesional, ¿hacemos nuestra tarea diaria con honestidad?

En cuanto al talento y a la riqueza, ¿los ponemos al servicio de la comunidad cristiana y de los que pasan necesidad alrededor de nosotros? O los derrochamos buscando nuestro propio placer y satisfaciendo nuestra avaricia, acumulando tesoros que no nos llevaremos a la tumba.

¿Cómo sería si Dios requiriera de nosotros una completa rendición de cuentas de nuestra administración? En realidad, la pregunta no es hipotética. ¿Cómo será, cuando Dios requirirá…?

También debemos estar preparados para rendir cuentas de uno de los más grandes de nuestros dones – nuestra vocación saletense.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Recuperar nuestra herencia

(24to Domingo Ordinario: Éxodo 32:7-14; 1 Timoteo 1:12-17; Lucas 15:1-32)

Los Fariseos y los escribas, en el evangelio de hoy se quejaron de Jesús. “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. Ellos nunca harían algo así. Para ellos, era algo desagradable.

Jesús no pide disculpas. En cambio, les presenta tres parábolas: la oveja perdida, la moneda perdida, el hijo pródigo. Todas ellas hablan de la alegría de encontrar lo que se había perdido, de recibir al pecador que vuelve arrepentido.

Sin embargo, es sólo la tercera parábola en la que se representa a un pecador, el hijo menor malgastando su herencia, devorando los bienes de su padre con prostitutas, tal como ásperamente afirma el hijo mayor.

En la primera lectura, Dios se queja de que su pueblo esté adorando un becerro de metal fundido. (Recuerda que ellos despilfarraron su oro para fabricarlo). Él se enfureció tanto que, al hablar con Moisés, los llama “tu pueblo”, y “un pueblo obstinado”.

En La Salette el lenguaje de María es similar. “Si mi pueblo no quiere someterse”. Ella no está enojada, todo lo contrario; pero quiere que su pueblo sea consciente del peligro que enfrenta a menos que busque la gracia de Dios con humildad.

Aquel pueblo una vez tuvo una rica herencia de fe, pero la dejaron de lado. Hoy, tristemente, somos testigos de la misma situación. Necesitamos concientizarnos, asumirlo y hacernos responsables de nuestra naturaleza caída, como parte de un pueblo que tiende a suplantar a nuestro Creador, con el falso dios representado en la figura del becerro de oro.

En la medida en que compartimos tal actitud, necesitamos aprovechar del bello sacramento de la reconciliación para nuestro beneficio, humildemente confesando nuestra pecaminosidad ante nuestro Padre y recuperando nuestra herencia. Luego de lo cual, lejos de separarnos de nuestro pueblo, nuestra vocación saletense nos llama a imitar a Jesús, que acogió a los pecadores.

Cada una de las parábolas comienza identificando a una persona, el protagonista real, aquel que ha perdido algo valioso. La intensidad de su pérdida conduce a una búsqueda frenética o, en el caso del padre, a un profundo anhelo, y se manifiesta más fuertemente cuando lo perdido se convierte en lo encontrado.

Es así como Jesús quiere que nos sintamos. Es lo que María vino a llevar a cabo, por medio de su aparición misericordiosa, y por el mandato que nos ha dejado.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

La Sabiduría de La Salette

(23er Domingo Ordinario: Sabiduría 9:13-18; Filemón 9-10, 12-17; Lucas 14:25-33)

¿Cuándo fue la última vez que pensaste en Dios en estos términos: omnipresente, omnipotente, omnisciente, que todo lo ve? En ese contexto fácilmente entendemos la pregunta que hace Salomón en la primera lectura de hoy, “¿Qué hombre puede conocer los designios de Dios o hacerse una idea de lo que quiere el Señor?”

La respuesta es simple. Por nosotros mismos, no podemos. Por eso Salomón añade, “si Tú mismo no hubieras dado la Sabiduría y enviado desde lo alto tu santo espíritu”.

De los siete dones del Espíritu Santo, el primero es la sabiduría, que tiene una especial relación con la fe. El P. John Hardon, S.J (1914-2000) lo explicó así: "Donde la fe es un simple conocimiento de los artículos de la creencia cristiana, la sabiduría llega a una cierta penetración divina de las verdades mismas".

Mientras más nos adentremos en la vivencia de nuestra fe, más nuestra fe nos guiará. En particular, Jesús nos habla en el evangelio de hoy acerca de cargar nuestra cruz. Ustedes recordarán que San Pablo escribió, “El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios”. (1 Cor 1:18)

Jesús tomó nuestra carne y siguió el camino del Calvario, para enseñarnos que no hay que dejarnos dominar por la carne. Sin la misericordia y la gracia de Dios y la obra del Espíritu Santo, nuestra cruz sería una carga demasiado pesada de llevar.

La Aparición y el mensaje de La Salette se sitúan en esta misma tradición. María lleva el crucifijo sobre su pecho. Ella derrama sus lágrimas por aquellos que están pereciendo debido a su falta fe. Ella nos ayuda a juzgar las cosas del mundo (los signos de los tiempos) a la luz de nuestro más alto fin, nuestra salvación, hacía la que nos acercamos más cuando respetamos las cosas de Dios.

Ella sabe, como se afirma en la primera lectura, que “un cuerpo corruptible pesa sobre el alma y esta morada de arcilla oprime a la mente con muchas preocupaciones”. Ella no es indiferente al sufrimiento y a la ansiedad de su pueblo, pero quiere que miremos más allá. Ella es una Madre sabia.

Estamos llamados a contemplar a Dios. En compañía de María, el don de sabiduría que nos otorga el Espíritu Santo nos guiará aún más cerca del cumplimiento pleno de aquella noble ambición.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Oración humilde

(22do Domingo Ordinario: Eclesiástico 3:17-29; Hebreos 12:18-24; Lucas 14: 1, 7-14)

En la primera lectura de hoy escuchamos, “Hijo mío, realiza tus obras con modestia”. En el Evangelio Jesús dice, “El que se humilla será elevado”.

En La Salette, la Bella Señora preguntó, "¿Hacen ustedes bien la oración, hijos míos?"

A primera vista, esta conexión entre La Salette y las lecturas puede tomarnos por sorpresa. Pero cuando lo piensas, ¿qué es la oración si no viene de un corazón humilde? ¿Existe otra manera de llegar a Dios? Nosotros no somos el creador sino la creación. Si nos pasa que somos bendecidos con talentos o disfrutamos de cierto prestigio en nuestra comunidad, es especialmente importante que seamos más humildes. Como dice el Eclesiástico.

“Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar”, Jesús les dijo a los huéspedes que estaban con él en la casa del fariseo. Este consejo se aplica aún más a la oración. Cuando nos ponemos en la presencia de Dios, cualquier comparación que podamos hacer entre nosotros y los demás es pura vanidad. (¿Te acuerdas de la parábola del fariseo y el cobrador de impuestos? Más de esto dentro de dos meses).

Cuando a María se le ofreció el honor de convertirse en la madre del Mesías, ella respondió, con humildad genuina, “Yo soy la servidora del Señor”. En su oración de alabanza, el Magnificat, ella reconoce que Dios “miró con bondad la pequeñez de tu servidora”.

Cuando, en La Salette, María habla de su propia oración, vemos que se humilla de dos maneras diferentes. Primero, ella se presenta ante su hijo en actitud mendicante. Segundo, ella se identifica con un pueblo de pecadores “mi pueblo”, por el que suplica sin cesar.

Muchos de nosotros rezamos con nuestra cabeza agachada. ¿No es eso un gesto de humildad, sometiéndonos ante nuestro Señor y Salvador?

Podemos encontrar gozo en nuestro ministerio de reconciliación, pero no hay lugar aquí para la arrogancia y el sentido de superioridad. Sí, tenemos un don para compartir, pero necesitamos hacernos a un lado, para que el mensaje de Nuestra Señora brille en su plenitud. Nunca nos atribuimos el mérito por lo que el Señor pueda llegar a realizar en respuesta a nuestra humilde oración.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Reuniendo los corazones

(21er Domingo Ordinario: Isaías 66:18-21; Hebreos 12:5-13; Lucas 12:22-30)

En semanas recientes hemos reflexionado sobre algunas lecturas desafiantes, y hoy no parece ser la excepción. Hebreos nos habla de aceptar las pruebas como una forma de disciplina. En el evangelio, Jesús nos dice que hay que entrar por la puerta angosta.

Afortunadamente, esto no refleja todo el cuadro. La disciplina “produce frutos de paz y de justicia”, y Jesús concluye, “Vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios”.

La primera lectura refleja un punto de vista más optimista. Dios declara. “Yo mismo vendré a reunir a todas las naciones y a todas las lenguas, y ellas vendrán y verán mi gloria”.

Esto nos trae a la memoria un himno norteamericano compuesto hace 40 años atrás. Su título es Here in this Place(Aquí en este Lugar), pero también conocido comúnmente como “Gather us in” {Reúnanos), por una frase recurrente en el texto. (Discúlpennos por usar una fuente desconocida para muchos. Esperamos que esto les recuerde a nuestros lectores de la edición en español, francés o polaco, de himnos parecidos en su propio idioma.)

“Reúnanos, los perdidos y los olvidados/ Reúnanos, los ciegos y los cojos”. Podemos sentir el peso de nuestros pecados, como el famoso fantasma de Marley en Un Cuento de Navidad de Charles Dickens, que arrastraba detrás de sí unas pesadas cadenas forjadas en avaricia egoísta.

Aun así, esperamos ser admitidos en la gran asamblea. Las próximas dos líneas dicen: “Llámanos ahora y nos despertaremos/ nos erguiremos al escuchar el sonar de nuestro nombre”.

La primera peregrina en La Salette fue la Santísima Virgen. Ella llamó a dos niños para acercársele. Eso fue el comienzo. Desde entonces, muchos cientos de miles han remontado los senderos de la montaña o conducido un coche por las empinadas y sinuosas rutas con el fin de llegar al lugar donde ella puso sus pies, y escuchar sus palabras en el mismo lugar donde ella las pronunció.

Aquí las palabras de la segunda lectura adquieren una resonancia nueva: “Que recobren su vigor las manos que desfallecen y las rodillas que flaquean. Y ustedes, avancen por un camino llano, para que el rengo no caiga, sino que se sane”.

La primera línea del himno que hemos citado es: “Aquí en este lugar una nueva luz se derrama”. ¿Cómo no podríamos pensar en la luz que emana del crucifijo de la Bella Señora? Los Laicos, los Misioneros, y las Hermanas Saletenses en todo el mundo pueden reflejar aquella luz, así otros se reunirán alrededor.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Una fe radical

(20mo Domingo Ordinario: Jeremías 38:4-10; Hebreos 12:1-4; Lucas 12:49-53)

Jeremías, comprometido con su ministerio profético, se les caía profundamente mal a los líderes. Sus enemigos, en la primera lectura, lo acusaban de desmoralizar al pueblo.

El mensaje de La Salette tiene un fuerte carácter profético. No es de sorprenderse, entonces, que La Salette sea menos conocida, menos popular que otras apariciones.

Jesús encontró oposición en muchos frentes. Uno de sus Apóstoles lo traicionó. En el Evangelio de hoy les dice a sus discípulos que esperaran lo mismo, aun de parte de sus propias familias.

La segunda lectura no minimiza la lucha que enfrentamos. El último versículo llega hasta a plantear la posibilidad de derramamiento de sangre. Pero se nos recuerda que Jesús “sufrió semejante hostilidad por parte de los pecadores, y así no se dejarán abatir por el desaliento”, y nos exhorta a que “Corramos resueltamente al combate que se nos presenta. Fijemos la mirada en Jesús”.

No se nos espera disfrutar del conflicto. De hecho, en muchas situaciones sociales se considera de mal gusto ponerse a discutir sobre política o religión; es desagradable, demasiado divisivo; causa muchas rencillas, demasiadas sensibilidades heridas.

Nos duele, como pueblo dedicado a la causa de la reconciliación, ver tanta disensión. Puede ser tan perturbador que nos sintamos tentados a mirar hacia otro lado. Pero entonces no seríamos fieles a nuestra vocación.

Cada vez que escuchamos las palabras de Jesús, “¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división”, nos sentimos choqueados. Después de todo, en cada Misa escuchamos otro de sus dichos, el del Evangelio de Juan 14:27: “La paz les dejo, mi paz les doy”. ¿Pueden ser verdaderos estos dos dichos? Sí. Los conflictos externos no excluyen la paz interior.

Necesitamos justamente entender y aceptar cuán radical es creer en Dios y buscar cumplir su voluntad. ¿Tenemos una fe ferviente? ¿Ardemos de amor por Dios? ¿Poseemos aquel que es el más precioso de los dones del Espíritu Santo – un apropiado temor del Señor?

No debemos ser tibios en nuestra fe. Tampoco tener una actitud beligerante. Sino, imitar a la Bella Señora en su manera tierna de llegar a los niños, “Acérquense, no tengan miedo”, así, como ella, nosotros podemos ofrecer al mundo la paz de Cristo.Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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