Isabel y María y Nosotros

(4to Domingo de Adviento: Miqueas 5:1-4; Hebreos 10:5-10; Lucas 1:39-45)

Las primeras líneas de la profecía de Miqueas acerca de Belén, en la primera lectura de hoy, son mejor conocidas por ser el texto citado por los eruditos de Jerusalén para informar a los Magos adonde buscar al niño Jesús. Belén jugó un rol significativo en la historia de la salvación.

Pero el resto del texto es igualmente importante. Dos frases resaltan en particular: “la que debe ser madre”, y "él mismo será la paz”. Estas dos frases también señalan a Belén, pero en el Evangelio de hoy pueden ser oídas, por decirlo así, en un pueblo de la región montañosa, a aproximadamente ocho kilómetros de Jerusalén.

María e Isabel pueden ser identificadas como “la que debe ser madre”. En cuanto a sus hijos, Jesús “será la paz”, mientras que Juan será, como Miqueas, un profeta que anuncia la venida del Señor.

Las palabras de Isabel. “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!” fueron incorporadas (junto con el saludo del Ángel Gabriel) en el Ave María en sus formulaciones más tempranas. Podemos imaginar aquel momento cuando decimos esta oración.

La segunda parte del Ave María se refleja claramente en La Salette, cuando Nuestra Señora nos hace saber que reza por nosotros sin cesar – lo cual es lo mismo que cuando decimos, “ahora y en la hora de nuestra muerte”.

Su oración es “por nosotros pecadores”, es decir, por nuestro perdón, y para prepararnos al encuentro con el Señor, limpios de corazón y con nuestras almas convertidas, comenzando ahora y hasta la muerte.

Llamamos a Nuestra Señora de La Salette la Bella Señora, o la Madre en Lágrimas, pero hoy permitámonos pensar en ella como la que da a luz o, como dice Isabel, “la madre de mi Señor”. Lucas nos dice que Isabel se llenó del Espíritu Santo cuando escuchó el saludo de María. Ella recibió un don espiritual (un carisma) que la impulsó a hablar de manera profética.

El saludo de María en La Salette trajo consigo un espíritu pacificador, calmando los temores de Melania y Maximino. Los atrajo hacia ella, disponiéndolos para escuchar la gran noticia, dándoles la fuerza para hacerla conocer.

En este mismo espíritu, con un fuerte impulso y con mucho entusiasmo, recorramos el camino de Adviento hacia Belén, e invitemos a otros a unírsenos, y haciéndolo lleguen a conocer a nuestro Salvador.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

La Misión de la Alegría

(3rd Domingo de Adviento: Sofonías 3:14-18; Filipenses 4:4-7; Lucas 3:10-18)

Hoy es el Domingo de Gaudete (Alégrense), es por eso que no nos sorprende escuchar a Sofonías decirle a Jerusalén, y a Pablo a los filipenses, que deben alegrarse. ¡Ambos están desbordados de entusiasmo!

Pero hay alguien más que también se alegra. Vemos al final de la primera lectura. “¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti, es un guerrero victorioso! El exulta de alegría a causa de ti, te renueva con su amor y lanza por ti gritos de alegría, como en los días de fiesta. ¿Acaso hay alguna otra imagen de Dios mejor que esta, que traiga alegría a nuestros corazones?

Sofonías explica el por qué: “El Señor ha retirado las sentencias que pesaban sobre ti... El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti: ya no temerás ningún mal”.

El juicio de Dios era ciertamente justo; su pueblo fue castigado con razón. Pero la misericordia triunfó, y una vez más Dios estaba dispuesto a comenzar de nuevo. Las lágrimas de la Bella Señora de La Salette, cayendo sobre el crucifijo en su pecho, son signos de misericordia, la manera en que María nos dice que el Señor, cuyo juicio es justo, no desea abandonarnos del todo. Ella está haciéndole saber a su pueblo que Dios quiere estar cerca de nosotros, para renovar su amor por nosotros y restaurar su alianza con nosotros.

El Señor Emmanuel está cerca. Por lo tanto, debemos regocijarnos siempre, y toda expresión de esta alegría debe fluir desde nosotros hacia el mundo que nos rodea. Aquello, sin embargo, es más fácil decir que hacer. Durante el Adviento, en particular, algunos experimentan más presión que en otros tiempos, debido a los muchos preparativos para Navidad, o al doloroso sentido de soledad que, extrañamente, puede intensificarse en esta época.

En este contexto, recordemos a Juan el Bautista. Los evangelios no lo describen como alguien especialmente alegre, pero la Aclamación del Evangelio de hoy parece aplicarle el texto de Isaías: “El espíritu del Señor está sobre mí, él me envió a evangelizar a los pobres”. Sus buenas noticias toman la forma de un llamado a una conversión genuina, pero en vista de la promesa de otro que está por venir.

Ya sea que nuestra misión como saletenses se parezca más a la de Juan o a la de Sofonías o a la de Pablo, siempre debemos llevarla a cabo con tanta alegría como podamos.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

De la miseria a la gloria

(2do Domingo de Adviento: Baruc 5:1-9; Filipenses 1:4-6, 8-11; Lucas 3:1-6)

El inicio del texto de Baruc para hoy, es maravilloso: “Quítate tu ropa de duelo y de aflicción, Jerusalén, vístete para siempre con el esplendor de la gloria de Dios”. De hecho, la lectura entera rebosa de esperanza y consuelo.

Dependiendo de nuestras circunstancias, podríamos reemplazar “Jerusalén” con nuestro propio nombre, o nuestra familia o algún grupo más grande. Hay momentos en toda la vida en los que necesitamos sacarnos el manto de la miseria. La voluntad de Dios para nosotros es la alegría.

San Pablo escribe a los Filipenses, “Siempre y en todas mis oraciones pido con alegría por todos ustedes... Y en mi oración pido que el amor de ustedes crezca cada vez más en el conocimiento y en la plena comprensión, a fin de que puedan discernir lo que es mejor”.

Juan el Bautista aparece en el Evangelio, “anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”. María vino llorando a La Salette, pero ella también trajo esperanza y dejó un mensaje de reconciliación. Ella quiso, en palabras del Salmo, “cambiar nuestra suerte como los torrentes del Négueb”.

De hecho, consideremos cuántas palabras del Salmo de hoy pueden fácilmente relacionarse con la Bella Señora y su mensaje: lágrimas, semilla, siembra, cosecha, etc.

Lo mismo puede decirse de la primera lectura. María se muestra con dos actitudes, en una con tristeza y dolor y en la otra con esplendor de gloria. De pie desde lo alto, mirando a sus hijos – los dos inocentes parados junto a ella, también a su pueblo descarriado al que desea reunir “a la luz de su gloria, acompañándolo con su misericordia y su justicia”.

A nuestra manera, como reconciliadores, también debemos ponernos en lo alto. Como Jesús dijo en el Sermón del Monte, “Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña... Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mateo 5: 14,16).

Que todos nosotros nos envolvamos con el manto de la justicia y de la misericordia, llevando sobre nuestras cabezas “la diadema de gloria del Eterno”. De ese modo podamos atraer a otros hacia Cristo y, en palabras de San Pablo, ayudarles a “discernir lo que es mejor” .

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Enséñame tus senderos

(1er Domingo de Adviento: Jeremías 33:14-16; 1 Tesalonicenses 3:12-4:2; Lucas 21:25-36)

Hoy damos comienzo al Ciclo C del calendario litúrgico trianual de la Iglesia. Ya lo hemos vivido antes, y muchas cosas nos resultarán familiares. Con todo, este es un nuevo año, un nuevo viaje espiritual, porque hemos cambiado, y el mundo que nos rodea también.

Cada viaje tiene un punto de partida y uno de destino. Entonces hagamos propias las palabras del Salmo de hoy: “Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos. Guíame por el camino de tu fidelidad”. No queremos perder el rumbo del sendero.

Muchas paradas encontraremos a lo largo del camino. Belén será la primera, celebraremos la llegada del Mesías prometido.

Leemos en la primera lectura, “Llegarán los días en que yo cumpliré la promesa que pronuncié... Haré brotar para David un germen justo, y él practicará la justicia y el derecho en el país”. Aquel que viene nos enseñará con palabras y con el ejemplo.

En La Salette, la Madre en lágrimas se apareció a dos niños para darles un mensaje de esperanza, que las promesas hechas se cumplirán. Ella le estaba indicando el buen camino a un pueblo que no estaba haciendo lo recto ni lo justo. Aquel pueblo estaba andando por caminos que lo alejaban de Dios.

María también nos urge a ser fieles en la oración. Deberíamos desear orar dignamente, es decir, de corazón, pidiendo al Señor que encamine nuestros pasos por el sendero que nos conduce hacia él.

La segunda lectura viene de la Primera Carta de Pablo a los Tesalonicenses, está llena de instrucciones con el objetivo de mantener a la joven comunidad cristiana en el camino correcto. Aquí, en el contexto del regreso de Cristo leemos: “Que el Señor los haga crecer cada vez más en el amor mutuo y hacia todos los demás”. Esto nos recuerda que estamos conectados con aquellos que recorren el mismo sendero junto a nosotros.

Jesús nos pide ser vigilantes. “Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida. No podemos darnos el lujo de apartarnos del camino que nos señala mientras nos conduce por él.

La mayoría de las Lecturas del Evangelio durante el Año C, viene del Evangelio de Lucas. Dejemos que nos guíen, para que nos conduzcan por senderos que nos lleven a Dios, él es la fuente de todo lo que necesitamos y esperamos.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Rey para siempre

(Cristo Rey: Daniel 7:13-14; Apocalipsis 1:5-8; Juan 18:33-37)

La letra Alfa es la primera del alfabeto griego; la Omega es la última. En el Nuevo Testamento (escrito en griego) aparecen solamente en el Apocalipsis, siempre juntas, cuatro veces, en los labios de Jesús, “Yo soy el Alfa y la Omega”.

En cada ocasión, vienen acompañadas de una frase parecida a aquella que encontramos en la segunda lectura de hoy: “el que es, el que era y el que vendrá, el Todopoderoso”. En otra parte del Apocalipsis, Jesús es llamado Rey de Reyes y Señor de Señores. Todos estos enunciados expresan su señorío absoluto.

Daniel habla proféticamente de Cristo, diciendo, “su reino no será destruido”. En el Credo nos hacemos eco de las palabras del Ángel a María, “Su Reino no tendrá fin”.

En la mayor parte del mundo moderno, las monarquías han sido reemplazadas por repúblicas con formas variadas de democracia. Los cristianos individualmente, también, aunque se refieren a Jesús como el Señor, tienden más a visualizarlo llevando atuendos propios de su tiempo que con vestimentas de la realeza. Algunos se relacionan con él más fácilmente como hermano, o amigo y hasta podrían llegar a rechazar la imagen de Cristo como Rey.

La última monarquía francesa estaba camino a la extinción en el momento de la Aparición de Nuestra Señora de La Salette. En aquel tiempo, la religión estaba siendo ignorada, por no decir atacada, en grandes estratos de la población. Todo lo que se percibía como dominación era rechazado.

María no vino a restaurar ningún sistema de monarquía. Ella nos mostró a su Hijo en la Cruz, despojado, llevando una corona de espinas. La sumisión a él no es simplemente una sumisión a su autoridad, sino a su amor sin límites y a su infinita misericordia.

Hoy, en muchos lugares y de variadas maneras, hay un esfuerzo para retirar la fe cristiana de la vida pública. En un sentido, Jesús está de pie frente a un nuevo Pilatos, insistiendo una vez más, “Mi realeza no es de este mundo”. Su dominio no es dominación.

El añade, “El que es de la verdad, escucha mi voz”. Aquí es donde nosotros entramos. Con nuestro carisma de la reconciliación, y en la tradición saletense de penitencia, oración y celo, demos testimonio de su verdad. Al llegar al término de este año litúrgico, recemos para que él reine en nuestros corazones para siempre.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Unidos en la Esperanza

(33ero Domingo Ordinario: Daniel 12:1-3; Hebreos 10:11-18; Mark 13:24-32)

Hoy, Daniel profetiza “un tiempo de tribulación, como no lo hubo jamás, desde que existe una nación”. Jesús describe los signos alarmantes que precederán el final de los tiempos. Podemos sentirnos tentados a establecer una correlación entre estas lecturas y nuestro propio tiempo.

Si fuera el caso, no seríamos los primeros. De hecho, casi no han existido momentos en la historia de la Iglesia en que las persecuciones, los desastres naturales, las epidemias, etc., no hayan sido vistos como señales de la Segunda Venida de Cristo.

Esto no es algo malo. Le recuerda a cada generación que debe permanecer firme en la fe, al tiempo que anticipamos con regocijo el regreso de nuestro salvador, aquel que ofreció el sacrificio de sangre necesario para redimirnos de nuestros pecados.

En la oración inicial de la Liturgia de hoy le pedimos a Dios “vivir siempre con alegría bajo tu mirada”. ¿Cuántos de nosotros nos dimos cuenta de esto? En La Salette, María recalcó el hecho de que muy pocos iban a la Misa. En 1846, Francia no era conocida por su fervor religioso. Por el contrario, estaba padeciendo de lo que nosotros podríamos llamar de “trastorno de déficit de fe (TDF)”.

La Bella Señora propone una especie de terapia para el TDF: la oración, la penitencia cuaresmal, el respeto por el día y el nombre del Señor. Siempre atenta a las necesidades de su pueblo, ella no solamente habla de los acontecimientos espantosos, sino que también nos ofrece esperanza.

Daniel escribe sobre “todo el que se encuentre inscrito en el Libro”. Jesús dice, “El Hijo del hombre... enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte”, María usa palabras simples para expresar la misma realidad: “Hijos míos... mi pueblo”.

Ella conoce la maravillosa verdad que encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica: “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar” (No. 27).

El salmista se regocija en llamar al Señor “la parte de mi herencia y mi cáliz”. Hoy, todas las lecturas apuntan al Dios que nos creó a su imagen y que desea reunirnos en él. Firmes en la fe, no tememos su venida.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

La Última Medida Completa

(32do Domingo Ordinario: 1 Reyes 17:10-16; Hebreos 9:24-28; Marcos 12:38-44)

“¡Toma, hijo mío, come pan este año ¡porque no sé quién podrá comer el año que viene si el trigo sigue así!” Cuando la Bella Señora hizo que Maximino recordara aquellas palabras dichas por su padre, el niño lo admitió sencillamente, “Oh sí, Señora, ahora me acuerdo. Hace un rato, no me acordaba”.

María se apareció ante un pueblo a quien se agotaban sus últimas reservas de trigo, de papas, de uvas y de nueces, y que enfrentaba el hambre que se aproximaba. Pero su fe era débil, y no sabía a quién recurrir.

Tal era la situación de la viuda de la primera lectura. Pero su confianza en la promesa del profeta le sirvió de inspiración para entregarle su última porción de comida. En el Evangelio, también, otra viuda, de cuya historia no sabemos nada, colocó en el tesoro del templo todo lo que tenía para vivir; Jesús dirigió la atención de sus discípulos hacia ella, mostrando el valor de la verdadera generosidad inspirada en la fe.

En la segunda lectura el autor escribe de Cristo: “Ahora Él se ha manifestado una sola vez, en la consumación de los tiempos, para abolir el pecado por medio de su Sacrificio”. Este es el Jesús que María nos da a conocer en La Salette: es su Hijo, aquel que nos entrega la última y completa medida de su amor, el precio de nuestra redención.

El crucifijo nos llama a hacer lo mismo, a dar, no de lo que nos sobra, sino generosamente, de nuestros recursos, tiempo o talentos. Mientras más nos damos cuenta de lo que recibimos, más debemos estar dispuestos a compartir. En Lucas 6:38, Jesús dice, “La medida con que ustedes midan también se usará para ustedes”.

Puede ser que no tengamos ninguna de estas cosas para dar. Pero compartimos en el sacerdocio de Cristo, y en la Eucaristía ofrecemos lo que él mismo ofrece.

Siempre hay algo que podamos hacer. Veamos el Salmo de hoy. Entre las obras misericordiosas de Dios, encontramos: “El Señor mantiene su fidelidad para siempre... el Señor ama a los justos”. Podemos promover actitudes de confianza, rezando por aquellos que sirven a los demás. Podemos perdonar y recibir perdón.

Puede que no tengamos que darlo todo hasta la última medida. María con sus ruegos nos llama a someternos a su Hijo, y a confiar en su promesa de cosechas copiosas y abundante misericordia. ¿Qué valor le damos a todo aquello?

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Grandes Mandamientos

(31ero Domingo Ordinario: Deuteronomio 6:2‑6; Hebreos 7:23-28; Marcos 12:28-34)

Cuando vemos imágenes de las tablas de los Diez Mandamientos, con frecuencia vemos que en una están nuestras obligaciones con relación a Dios y en la otra, nuestros deberes para con nuestro prójimo.

La pregunta del escriba en el Evangelio de hoy, y la respuesta de Jesús no se refieren a aquellos. Sin embargo, no hay controversia acerca de cuál de los diez mandamientos es el primero. Más bien, el debate aquí surge en torno a cuál de los 600 mandamientos y estatutos de Ley era el más importante.

La Respuesta de Jesús es tan importante que la Iglesia nos da su fuente en la primera lectura, y el escriba repite lo que Jesús dice. Aquí vemos, también, un ejemplo animador de lo que significa estar en armonía con las enseñanzas de Cristo, cuando Jesús le dice: “Tú no estás lejos del Reino de Dios”.

En La Salette, en las palabras de la Santísima Virgen también se vio reflejado el mismo mensaje, aunque desde una perspectiva diferente. Ella demostró que, al no concederle al Señor el día que Él se eligió, y al usar en vano su Nombre, su pueblo no amaba a Dios.

En su mensaje, la Bella Señora se refirió de manera explícita a los mandamientos de la “primera tabla”. Sería absurdo, sin embargo, pensar que nuestros deberes con nuestro prójimo no fueran importantes para ella. En su discurso, en el episodio de la “Tierra de Coin” ella deja entrever al menos la responsabilidad de los padres con relación a los hijos.

A Jesús no le preguntaron acerca del “segundo” mandamiento. Él lo añadió: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18). El primero y el segundo están tan integrados y entrelazados en la visión de la vida cristiana que el uno lleva al otro, cada uno surge del otro.

Se sigue que cuando aceptamos el mensaje de María y respondemos a sus lágrimas y a sus palabras, buscamos la reconciliación con Dios y con el prójimo al mismo tiempo. De esta manera, durante nuestro camino a la santidad, nos sometemos a la vocación y al carisma de La Salette.

Nuestros corazones desean profundamente exclamar como el Salmista, “Yo te amo, ¡Señor, mi fuerza!” pero debe ser en serio. Jesús “puede salvar en forma definitiva a los que se acercan a Dios por su intermedio” (segunda lectura). Cuando amamos a Jesús y a nuestro prójimo, esperamos escucharle decir, “Tú no estás lejos del Reino de Dios”.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Oración Plena de Gozo

(30mo Domingo Ordinario: Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52)

El relato del ciego Bartimeo que leemos hoy, es un recordatorio elocuente del lugar que ocupa la alegría en la vida cristiana. Ni bien escuchó que Jesús estaba pasando por ahí, una transformación gozosa tuvo lugar en su interior, provocada por la fe y la esperanza. El oró bien, y ¡con toda su voz!

Puede ser difícil mantener una predisposición firme, positiva y feliz durante la oración. Por supuesto, no debemos aparentar estar felices cuando no lo estamos. Pero en la oración podemos hacer un esfuerzo de poner momentáneamente a un lado nuestros miedos y ansiedades, – como Bartimeo arrojando su manto – para encontrar la fuente de la alegría en nuestra fe y llevarlo a nuestra oración.

Nuestra Señora de La Salette vino y se apareció a dos niños en un lugar donde no había mucho motivo para el gozo. Su pueblo no acudía al Señor en sus necesidades, sino que le dejaba la tarea de rezar e ir a misa a “algunas mujeres ancianas”. Aunque María se mostró como una Madre en llanto, su propósito era el de señalar el camino para salir de la tristeza y de la desesperación.

El Salmo de hoy está lleno de expresiones de alegría. Refleja el regreso del exilio. Encontramos lo mismo en la primera lectura: “¡Griten jubilosos por Jacob, aclamen a la primera de las naciones! Háganse oír, alaben y digan: ¡El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel!”.

Nosotros no somos un pueblo en exilio. Pero a veces nos sentimos perdidos. En esos momentos, lo peor que podemos hacer es aislarnos, ya sea de nuestra fe como de la comunidad orante en la que Jesús es el Gran Sumo Sacerdote que se entrega a nosotros como Pan de Vida.

El Salmista dice: “Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones... El sembrador vuelve cantando cuando trae las gavillas”. Que las lágrimas de Nuestra Señora en La Salette nos guíen al lugar de regocijo mientras recogemos la cosecha de las promesas que ella nos hizo.

De nuevo, “¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros y estamos rebosantes de alegría!” Todos pudiéramos decir lo mismo, si tan sólo nos detuviéramos a reflexionar. Podemos componer nuestro propio Salmo de alabanza agradecida, y deberíamos recitarlo, muchas veces.

Y si la oportunidad se nos presentara, ¿que podría impedirnos compartirlo con los que nos rodean? La alegría es contagiosa. Hagámoslo cundir.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Sufrimiento Redentor

(29no Domingo Ordinario: Isaías 53:10-11; Hebreos 4:14-16; Mark 10:35-45)

Las personas egoístas usualmente están dispuestas a hacer ciertos sacrificios para alcanzar sus metas. En la marcha algunos pueden abandonar amistades y valores con el fin de obtener beneficios personales.

Si en oración pudieran resumir todas tus peticiones en una, ¿cuál sería?

Sabemos que nuestra oración, aun cuando pedimos por lo que necesitamos, no debe estar puramente centrada en uno mismo. En el Evangelio de hoy, comprendemos la reacción de los otros Apóstoles cuando Santiago y Juan le hicieron a Jesús un pedido no tan virtuoso. El a su vez, criticó a los otros diez por sus celos. Luego les dio a todos, una lección acerca del servicio y del sufrimiento redentor.

La Bella Señora, que compartió la obra de Salvación de su Hijo en el Calvario, describió la dolorosa situación en que ella se encontraba. “¡Hace tanto tiempo que sufro por ustedes!” Ella estaba atrapada, por decirlo de algún modo, entre su amado hijo que había sido ofendido y su amado pueblo que era el ofensor.

Todos hemos leído el relato sobre sus palabras y la manera en que ella se presentó en La Salette. ¿Qué podemos decir de su interacción con Jesús antes de la Aparición? La suya no era una oración común y corriente. En Joel 2:17 leemos: “Lloren los sacerdotes, los ministros del Señor, y digan: ‘¡Perdona, Señor a tu pueblo!’” La oración de María seguramente era más intensa. Intenta imaginar la escena.

Podemos unirnos a ella en esa oración, al exclamar, “¡Señor, ten piedad! ¡Cristo, ten piedad!, ¡Señor, ten piedad!” Lo decimos en cada Misa, como parte del ritual; pero en tanto más conscientes seamos de nuestra necesidad de perdón, de la ayuda de Dios en tiempos difíciles, más profundo será el significado que le demos a aquellas palabras, mientras le imploramos al Señor para que nunca nos abandone.

También nos ofrecemos a hacer nuestra parte, uniendo nuestras penas y contrariedades diarias, ya sean físicas, psicológicas o espirituales, al sufrimiento redentor de Jesús. Como el autor de la Carta a los Hebreos escribe en la segunda lectura de hoy, “No tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades”.

Jesús ya pagó el precio de nuestra redención. Lo que María nos pide en La Salette parece un pequeño precio a pagar si queremos compartir la gran misericordia que nos está esperando.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Pág. 1 de 19
Go to top