La Última Medida Completa

(32do Domingo Ordinario: 1 Reyes 17:10-16; Hebreos 9:24-28; Marcos 12:38-44)

“¡Toma, hijo mío, come pan este año ¡porque no sé quién podrá comer el año que viene si el trigo sigue así!” Cuando la Bella Señora hizo que Maximino recordara aquellas palabras dichas por su padre, el niño lo admitió sencillamente, “Oh sí, Señora, ahora me acuerdo. Hace un rato, no me acordaba”.

María se apareció ante un pueblo a quien se agotaban sus últimas reservas de trigo, de papas, de uvas y de nueces, y que enfrentaba el hambre que se aproximaba. Pero su fe era débil, y no sabía a quién recurrir.

Tal era la situación de la viuda de la primera lectura. Pero su confianza en la promesa del profeta le sirvió de inspiración para entregarle su última porción de comida. En el Evangelio, también, otra viuda, de cuya historia no sabemos nada, colocó en el tesoro del templo todo lo que tenía para vivir; Jesús dirigió la atención de sus discípulos hacia ella, mostrando el valor de la verdadera generosidad inspirada en la fe.

En la segunda lectura el autor escribe de Cristo: “Ahora Él se ha manifestado una sola vez, en la consumación de los tiempos, para abolir el pecado por medio de su Sacrificio”. Este es el Jesús que María nos da a conocer en La Salette: es su Hijo, aquel que nos entrega la última y completa medida de su amor, el precio de nuestra redención.

El crucifijo nos llama a hacer lo mismo, a dar, no de lo que nos sobra, sino generosamente, de nuestros recursos, tiempo o talentos. Mientras más nos damos cuenta de lo que recibimos, más debemos estar dispuestos a compartir. En Lucas 6:38, Jesús dice, “La medida con que ustedes midan también se usará para ustedes”.

Puede ser que no tengamos ninguna de estas cosas para dar. Pero compartimos en el sacerdocio de Cristo, y en la Eucaristía ofrecemos lo que él mismo ofrece.

Siempre hay algo que podamos hacer. Veamos el Salmo de hoy. Entre las obras misericordiosas de Dios, encontramos: “El Señor mantiene su fidelidad para siempre... el Señor ama a los justos”. Podemos promover actitudes de confianza, rezando por aquellos que sirven a los demás. Podemos perdonar y recibir perdón.

Puede que no tengamos que darlo todo hasta la última medida. María con sus ruegos nos llama a someternos a su Hijo, y a confiar en su promesa de cosechas copiosas y abundante misericordia. ¿Qué valor le damos a todo aquello?

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Grandes Mandamientos

(31ero Domingo Ordinario: Deuteronomio 6:2‑6; Hebreos 7:23-28; Marcos 12:28-34)

Cuando vemos imágenes de las tablas de los Diez Mandamientos, con frecuencia vemos que en una están nuestras obligaciones con relación a Dios y en la otra, nuestros deberes para con nuestro prójimo.

La pregunta del escriba en el Evangelio de hoy, y la respuesta de Jesús no se refieren a aquellos. Sin embargo, no hay controversia acerca de cuál de los diez mandamientos es el primero. Más bien, el debate aquí surge en torno a cuál de los 600 mandamientos y estatutos de Ley era el más importante.

La Respuesta de Jesús es tan importante que la Iglesia nos da su fuente en la primera lectura, y el escriba repite lo que Jesús dice. Aquí vemos, también, un ejemplo animador de lo que significa estar en armonía con las enseñanzas de Cristo, cuando Jesús le dice: “Tú no estás lejos del Reino de Dios”.

En La Salette, en las palabras de la Santísima Virgen también se vio reflejado el mismo mensaje, aunque desde una perspectiva diferente. Ella demostró que, al no concederle al Señor el día que Él se eligió, y al usar en vano su Nombre, su pueblo no amaba a Dios.

En su mensaje, la Bella Señora se refirió de manera explícita a los mandamientos de la “primera tabla”. Sería absurdo, sin embargo, pensar que nuestros deberes con nuestro prójimo no fueran importantes para ella. En su discurso, en el episodio de la “Tierra de Coin” ella deja entrever al menos la responsabilidad de los padres con relación a los hijos.

A Jesús no le preguntaron acerca del “segundo” mandamiento. Él lo añadió: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18). El primero y el segundo están tan integrados y entrelazados en la visión de la vida cristiana que el uno lleva al otro, cada uno surge del otro.

Se sigue que cuando aceptamos el mensaje de María y respondemos a sus lágrimas y a sus palabras, buscamos la reconciliación con Dios y con el prójimo al mismo tiempo. De esta manera, durante nuestro camino a la santidad, nos sometemos a la vocación y al carisma de La Salette.

Nuestros corazones desean profundamente exclamar como el Salmista, “Yo te amo, ¡Señor, mi fuerza!” pero debe ser en serio. Jesús “puede salvar en forma definitiva a los que se acercan a Dios por su intermedio” (segunda lectura). Cuando amamos a Jesús y a nuestro prójimo, esperamos escucharle decir, “Tú no estás lejos del Reino de Dios”.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Oración Plena de Gozo

(30mo Domingo Ordinario: Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52)

El relato del ciego Bartimeo que leemos hoy, es un recordatorio elocuente del lugar que ocupa la alegría en la vida cristiana. Ni bien escuchó que Jesús estaba pasando por ahí, una transformación gozosa tuvo lugar en su interior, provocada por la fe y la esperanza. El oró bien, y ¡con toda su voz!

Puede ser difícil mantener una predisposición firme, positiva y feliz durante la oración. Por supuesto, no debemos aparentar estar felices cuando no lo estamos. Pero en la oración podemos hacer un esfuerzo de poner momentáneamente a un lado nuestros miedos y ansiedades, – como Bartimeo arrojando su manto – para encontrar la fuente de la alegría en nuestra fe y llevarlo a nuestra oración.

Nuestra Señora de La Salette vino y se apareció a dos niños en un lugar donde no había mucho motivo para el gozo. Su pueblo no acudía al Señor en sus necesidades, sino que le dejaba la tarea de rezar e ir a misa a “algunas mujeres ancianas”. Aunque María se mostró como una Madre en llanto, su propósito era el de señalar el camino para salir de la tristeza y de la desesperación.

El Salmo de hoy está lleno de expresiones de alegría. Refleja el regreso del exilio. Encontramos lo mismo en la primera lectura: “¡Griten jubilosos por Jacob, aclamen a la primera de las naciones! Háganse oír, alaben y digan: ¡El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel!”.

Nosotros no somos un pueblo en exilio. Pero a veces nos sentimos perdidos. En esos momentos, lo peor que podemos hacer es aislarnos, ya sea de nuestra fe como de la comunidad orante en la que Jesús es el Gran Sumo Sacerdote que se entrega a nosotros como Pan de Vida.

El Salmista dice: “Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones... El sembrador vuelve cantando cuando trae las gavillas”. Que las lágrimas de Nuestra Señora en La Salette nos guíen al lugar de regocijo mientras recogemos la cosecha de las promesas que ella nos hizo.

De nuevo, “¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros y estamos rebosantes de alegría!” Todos pudiéramos decir lo mismo, si tan sólo nos detuviéramos a reflexionar. Podemos componer nuestro propio Salmo de alabanza agradecida, y deberíamos recitarlo, muchas veces.

Y si la oportunidad se nos presentara, ¿que podría impedirnos compartirlo con los que nos rodean? La alegría es contagiosa. Hagámoslo cundir.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Sufrimiento Redentor

(29no Domingo Ordinario: Isaías 53:10-11; Hebreos 4:14-16; Mark 10:35-45)

Las personas egoístas usualmente están dispuestas a hacer ciertos sacrificios para alcanzar sus metas. En la marcha algunos pueden abandonar amistades y valores con el fin de obtener beneficios personales.

Si en oración pudieran resumir todas tus peticiones en una, ¿cuál sería?

Sabemos que nuestra oración, aun cuando pedimos por lo que necesitamos, no debe estar puramente centrada en uno mismo. En el Evangelio de hoy, comprendemos la reacción de los otros Apóstoles cuando Santiago y Juan le hicieron a Jesús un pedido no tan virtuoso. El a su vez, criticó a los otros diez por sus celos. Luego les dio a todos, una lección acerca del servicio y del sufrimiento redentor.

La Bella Señora, que compartió la obra de Salvación de su Hijo en el Calvario, describió la dolorosa situación en que ella se encontraba. “¡Hace tanto tiempo que sufro por ustedes!” Ella estaba atrapada, por decirlo de algún modo, entre su amado hijo que había sido ofendido y su amado pueblo que era el ofensor.

Todos hemos leído el relato sobre sus palabras y la manera en que ella se presentó en La Salette. ¿Qué podemos decir de su interacción con Jesús antes de la Aparición? La suya no era una oración común y corriente. En Joel 2:17 leemos: “Lloren los sacerdotes, los ministros del Señor, y digan: ‘¡Perdona, Señor a tu pueblo!’” La oración de María seguramente era más intensa. Intenta imaginar la escena.

Podemos unirnos a ella en esa oración, al exclamar, “¡Señor, ten piedad! ¡Cristo, ten piedad!, ¡Señor, ten piedad!” Lo decimos en cada Misa, como parte del ritual; pero en tanto más conscientes seamos de nuestra necesidad de perdón, de la ayuda de Dios en tiempos difíciles, más profundo será el significado que le demos a aquellas palabras, mientras le imploramos al Señor para que nunca nos abandone.

También nos ofrecemos a hacer nuestra parte, uniendo nuestras penas y contrariedades diarias, ya sean físicas, psicológicas o espirituales, al sufrimiento redentor de Jesús. Como el autor de la Carta a los Hebreos escribe en la segunda lectura de hoy, “No tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades”.

Jesús ya pagó el precio de nuestra redención. Lo que María nos pide en La Salette parece un pequeño precio a pagar si queremos compartir la gran misericordia que nos está esperando.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Más Pensamientos sobre la Oración

(28vo Domingo Ordinario: Sabiduría 7:7-11; Hebreos 4:12-13; Marcos 10:17-30)

Con mucha frecuencia en estas reflexiones hacemos alusión a la pregunta de María, “¿Hacen ustedes bien la oración, hijos míos?” Ella termina esta parte de su discurso con, “Cuando puedan hacer algo mejor, recen más”. Pero la oración no consiste sólo en palabras.

Todos sabemos lo importante que es una buena comunicación. Las relaciones humanas no pueden sobrevivir sin ella. Incluye palabra hablada y lenguaje corporal. Contiene información, inquietudes, preguntas, pedidos, etc. Todas estas cosas son parte del acontecimiento de La Salette.

La comunicación con Dios es esencial en la vida cristiana. Nos permite pedir por aquello que nos hace falta, y abrirnos a los dones que él desee concedernos. “¿Hacen bien sus oraciones?” es otra manera de preguntar, “¿Quieren dejar que Dios convierta sus corazones?” Recitar oraciones es algo bueno, por supuesto; nos ponen en la presencia del Señor y así preparamos el terreno para su acción.

EL autor del Libro de la Sabiduría comprendió esto. “Oré, y me fue dada la prudencia”. La prudencia, según el Catecismo de la Iglesia Católica, es algo más que tener cuidado. Es “la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios adecuados para realizarlo.

Entonces, no podemos ejercer la prudencia sin desear conocer la voluntad de Dios y cumplirla. Debemos preferirla más que el oro, las piedras preciosas, la salud y/o la belleza.

Lo cual nos lleva al Evangelio y al hombre rico que se acerca a Jesús con una oración en forma de pregunta, “¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?” Jesús, a su vez, le respondió con otra pregunta, y quedó tan feliz con la respuesta de aquel hombre que Marcos nos relata, “Jesús lo miró con amor y le dijo: ‘Sólo te falta una cosa’”.

Poniéndonos nosotros mismos en el lugar de aquel hombre, ¿qué cosa nos falta? Cuando nos ponemos en oración y aprendemos a rezar bien, Dios en verdad está allí y puede penetrar nuestros corazones con su palabra “viva y eficaz” (segunda lectura). Aquel hombre “se fue apenado, porque poseía muchos bienes” ¿Haremos lo mismo nosotros por otras razones?

En la oración no estamos solos. Nuestra Madre con su llanto intercede poderosamente por nosotros. Seamos agradecidos, también, de que Jesús nos mire y nos ame y nos muestre aquello que necesitamos hacer para seguirle.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Nunca Solos

(27mo Domingo Ordinario: Génesis 2:18-24; Hebreos 2:9-11; Marcos 10:2-16)

Dios creó al hombre a su imagen, según su semejanza. En la lectura del Génesis de hoy, las palabras del hombre, “hueso de mis huesos y carne de mi carne” contiene el mismo significado. Una profunda conexión interior es la base de una sana intimidad.

Dios habita en una misteriosa unidad a la que nosotros llamamos Trinidad. En el prólogo del Evangelio de Juan, leemos: “Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios”. Por lo tanto, él ya lo sabía que “No conviene que el hombre esté solo”, y creó la mejor compañía posible para él.

En el Evangelio de hoy, Jesús dice que la ley permitió el divorcio “debido a la dureza del corazón de ustedes”. No era de ningún modo algo que Dios tenía en mente en Génesis.

La Bella Señora vino llorando a La Salette, porque su pueblo había endurecido su corazón. Por sus palabras y acciones ellos habían creado una brecha tan grande entre ellos y Jesús, que ¡podríamos llamarlo divorcio! Pero a pesar de aquello, como vemos en la segunda lectura, él desea tener una relación personal con nosotros, tanto que estaba dispuesto a rebajarse y hasta morir por nosotros.

No es bueno para nosotros separarnos del amor de Dios. Esta verdad está en el núcleo mismo del mensaje de La Salette. Y como saletenses podríamos añadir, “Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros” (Aclamación del Evangelio). Con María como nuestra guía, podemos desarrollar relaciones interpersonales basadas en el amor, conforme vivimos nuestra fe católica e intentamos ser un ejemplo vivo del mensaje de conversión y reconciliación.

En la primera lectura, el hombre dio nombre a todas las creaturas que Dios hizo como posible compañía para él. Esto implica cierto poder sobre ellas. Cuando le ponemos nombre a un niño, o hasta a una mascota, los reconocemos como nuestros. Al mismo tiempo, sin embargo, establecemos una relación con aquello que nombramos. Así también con todo lo que Dios ha creado.

Al final del Evangelio de hoy, Jesús recibió a los niños. “Los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos”. Que siempre podamos experimentar su cercanía amorosa y le dejemos poner sus manos traspasadas por los clavos sobre nosotros mientras buscamos perfeccionar nuestra relación interpersonal de amor con él, y nunca separarnos.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Profetas todos

(26to Domingo Ordinario: Números 11:25-29; Santiago 5:1-6; Marcos 9:38-48)

En el rito del Bautismo, somos ungidos con el santo crisma, un aceite que simboliza que ahora somos uno con Cristo, el ungido como Sacerdote, Profeta y Rey.

El sacerdocio de los fieles significa que hemos sido hechos dignos de ofrecer una verdadera adoración. ¿Pero de qué modo somos profetas? ¿Puedes verte a ti mismo como profeta hoy? ¿Te muestras ansioso, como Isaías, o, como Jonás, listo para escapar?

En la primera lectura se nos dice. “El Señor tomó algo del espíritu que estaba sobre él (Moisés) y lo infundió a los setenta ancianos. Y apenas el espíritu se posó sobre ellos, comenzaron a hablar en éxtasis”. ¿Qué exactamente hicieron? No lo sabemos; pero sea lo que fuere, fue obra del mismo espíritu que Dios había dado a Moisés.

Si hubiesen hablado, seguramente habría sido para el bien de los demás, proclamando la voluntad de Dios y sus maravillas. María, la llena de gracia desde el momento de su concepción, estuvo presente con los Apóstoles en Pentecostés. ¿Quién pudiera estar más dispuesta que ella a la acción del Espíritu?

Ella fue impulsada por el Espíritu — ¿Seriamos capaces de dudarlo? — a venir a La Salette con un rol profético. Ella compartió un poco de su espíritu con aquellos niños que no tenían ninguna preparación para la misión que les había confiado, para que pudieran dar a conocer el mensaje desafiante y alentador de la reconciliación y de la conversión, para que todo su pueblo pudiera volver a su Hijo Crucificado.

En el Evangelio, Jesús no se atribuye a sí mismo su propio poder. Su actitud, “el que no está contra nosotros, está con nosotros”, es parecida a la de Moisés en la primera lectura: “¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor!”.

El Salmista ora, “Presérvame, además, del orgullo, para que no me domine”. En el bautismo renunciamos a Satanás y a todas sus obras. Pero, para un profeta no es suficiente con ser inocente. Tenemos que vivir el mensaje que proclamamos. Debemos ser fieles compartiendo el espíritu que nos ha sido dado.

Como laicos saletenses, Hermanas y Misioneros, hemos recibido el espíritu de la Bella Señora. Profetizamos de muchas y variadas maneras. ¿Podemos ser tan atrevidos como para insinuar que el escribir estas humildes reflexiones semanales podría tener algo que ver con semejante obra misionera?

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Donde Fluyen las Bendiciones

(Fiesta de La Salette: Génesis 9:8-17; 2 Corintios 5:17-20; Juan 19:25-27)

Queridas hermanas y queridos hermanos de La Salette, están leyendo esto el mismo día 19 de septiembre o cerca de esta fecha, en el centésimo septuagésimo quinto aniversario de la Aparición de Nuestra Señora de La Salette. Desafortunadamente, el espacio con el que contamos por este medio nos queda pequeño para poder expresar todo lo que hay en nuestros corazones, pero una mano en el pecho, deseamos que participen de las abundantes bendiciones que fluyen sobre nosotros desde la Santa Montaña.

Las bendiciones tienen su fuente en el Monte Calvario, la escena del Evangelio. Allí, María lloró seguramente viendo cómo los enemigos de Jesús le apuntaban con el dedo en actitud vengativa, mientras que en La Salette sus lágrimas se derramaban al ver la falta de respeto por el nombre de su Hijo y por la actitud burlesca de su pueblo con relación a los Sacramentos.

Solo uno de los discípulos de Jesús se quedó a su lado. Los demás huyeron despavoridos, o quizá, decepcionados. ¿Qué ambiciones se les truncaron aquel día? Y sin embargo fue él el que les dijo, “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos” (Marcos 9:35). La Santísima Virgen, quien en la alborada de nuestra salvación se refirió a sí misma como la servidora del señor, en este tiempo nos habló de las penas que tiene que pasar por nosotros.

En la segunda lectura, San Pablo escribe, “Les suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios. Talvez no haya otro pasaje de la escritura que evoque a La Salette tan poderosamente. María habla de ciertos pecados cometidos por su pueblo, pero estos son sólo ejemplos. Fue la inclinación al mal que hay en el corazón humano en primer lugar lo que hizo que Dios destruyera a los mortales, pero luego tuvo piedad e hizo un pacto de paz con ellos, en la primera lectura.

Todos nos vemos lidiando algunas veces con el orgullo, la ira, la codicia, y el resto de los pecados mortales. Si somos responsables con los niños, tratamos de formarlos, mientras son inocentes, en las virtudes de la humildad, la paciencia, la generosidad, etc.; pero también sabemos cuán importante – y difícil – es enseñar con el ejemplo.

La reconciliación tiene su punto de partida en nuestra vida, pero no termina allí. Muchas veces necesita renovarse con una buena oración y por medio de los sacramentos. No debemos desalentarnos, porque hay una Bella Señora que une sus lágrimas a la sangre de su hijo que fluye desde el Calvario, derramando bendiciones de esperanza y misericordia sobre nosotros a pesar de nuestra condición de pecadores.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Repensar

(24to Domingo Ordinario: Isaías 50:5-9; Santiago 2:14-18; Marcos 8:27-35)

Si ya has leído las lecturas de hoy, tenemos un acertijo para ti. ¿Cuántas partes del cuerpo puedes recordar que hayan sido mencionadas en la primera lectura y en el Salmo? Retomaremos este punto más adelante.

En el Evangelio, después de haber escuchado los rumores que circulaban acerca de él, Jesús pregunta a sus discípulos, Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?”. Pedro responde por todos, “Tu eres el Mesías”, es decir: el Cristo, el Ungido. Este es un momento clave en sus vidas. Desde ahora Jesús tiene que prepararlos para lo que se viene. Él está a punto de comenzar su último viaje a Jerusalén, y les dice que tienen que repensar sus ideas mesiánicas.

¡Pedro se sorprende! Su reacción, aunque equivocada, es comprensible. Palabras como “sufrir... ser rechazado... ser condenado a muerte” no van con la descripción del “Mesías”. Jesús podría haber añadido: “Ofreceré mi espalda a los que me golpeen y mis mejillas, a los que me arranquen la barba, no retiraré mi rostro cuando me ultrajen y escupan”, parafraseando a Isaías.

María en La Salette entre lágrimas nos ofrece una respuesta a la pregunta de Jesús. Él es su Hijo, que es el Cristo, el Ungido, el Mesías. Sin embargo, el gran crucifijo, acompañado del martillo y la tenaza, nos lo muestra no en la majestad de su poderío sino en la imagen golpeada y resquebrajada del amor redentor.

El texto de Isaías para hoy nos invita a revisar nuestro entendimiento acerca del sufrimiento y de la humillación. Sin importar lo que tengamos que enfrentar como cristianos, también podemos decir, “El Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido”.

Volviendo al acertijo que dio inicio a esta reflexión, la respuesta es seis: oído, espalda, mejilla, rostro, ojos y pies. En la Biblia, las partes del cuerpo son con frecuencia una forma poética de decir “yo”, ej. “mis ojos han visto”.

Santiago les dice a sus lectores que hay que mirar con otros ojos el significado de la fe. Es algo a la vez interno y externo. “por medio de las obras, te demostraré mi fe”, escribe. Un poema atribuido a Santa Teresa de Ávila lo presenta así: “Cristo no tiene cuerpo, sino el tuyo... Tuyas son las manos, tuyos son los pies, tuyos son los ojos, eres tú Su cuerpo. Usémoslos con fe valiente, que por medio de nuestras obras otros puedan llegar a conocer a Cristo y puedan regocijarse en su ilimitada misericordia.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

¡Ábrete!

(23er Domingo Ordinario: Isaías 35:4-7; Santiago 2:1-5; Marcos 7:31-37)

Los textos que la Iglesia pone hoy a nuestra disposición pueden parecer de algún modo menos desafiantes o estimulantes que lo normal. Por otro lado, las conexiones con La Salette con estas lecturas son abundantes y fértiles.

En Isaías: “Digan a los que están desalentados: ¡Sean fuertes, no teman... Brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa”. Oímos las primeras palabras de la Bella Señora a Melania y Maximino. Vemos la fuente milagrosa.

En el Salmo: “El Señor de Jacob… da pan a los hambrientos... y entorpece el camino de los malvados”. Nos acordamos de la promesa de abundancia que hace María si su pueblo toma en serio sus palabras… y de su temor por las calamidades venideras si no lo hacen.

En Santiago: “No hagan acepción de personas... ¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres de este mundo?” La familia de Maximino distaba mucho de ser rica; y Melania era desesperadamente pobre.

En el Evangelio, la apertura de los oídos del hombre sordo puede verse en las palabras que María dirigió a los niños hablándoles en su propio dialecto cuando se dio cuenta de que no entendían el francés; y la soltura de la lengua de aquel hombre se ve reflejada en las sorprendentes respuestas que estos niños sin instrucción dieron al ser interrogados.

De hecho, aquel “¡Efatá!, ¡Ábrete!” es central en el mensaje de La Salette. La Santísima Virgen vino a abrir los ojos de su pueblo a la realidad del pecado y del sufrimiento, los oídos a la Palabra de Dios, las mentes y la imaginación a nuevas posibilidades.

Sobre todo, ella quiso abrir los corazones de su pueblo al amor de Dios manifestado en Cristo Crucificado y en la Eucaristía. Esto se refleja en la primera frase del Salmo Responsorial: “El Señor mantiene su fidelidad para siempre”.

La Salette es una invitación a mantener la fe, puesto que “¡Dios mismo viene a salvarlos!” Respondemos con oración y respeto. Inevitablemente esto también significa mantener la fidelidad a los demás, por medio de la reconciliación si es necesario, o por medio de acercarnos a los demás en sus necesidades, sean estas materiales o espirituales.

El mensaje de María acerca de mantener la fidelidad abarca todas las épocas y es relevante para todas las edades y grupos—en pocas palabras, para todo su pueblo.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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