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P. René Butler MS - 29no Domingo Ordinario - Sufrimiento Redentor

Sufrimiento Redentor

(29no Domingo Ordinario: Isaías 53:10-11; Hebreos 4:14-16; Mark 10:35-45)

Las personas egoístas usualmente están dispuestas a hacer ciertos sacrificios para alcanzar sus metas. En la marcha algunos pueden abandonar amistades y valores con el fin de obtener beneficios personales.

Si en oración pudieran resumir todas tus peticiones en una, ¿cuál sería?

Sabemos que nuestra oración, aun cuando pedimos por lo que necesitamos, no debe estar puramente centrada en uno mismo. En el Evangelio de hoy, comprendemos la reacción de los otros Apóstoles cuando Santiago y Juan le hicieron a Jesús un pedido no tan virtuoso. El a su vez, criticó a los otros diez por sus celos. Luego les dio a todos, una lección acerca del servicio y del sufrimiento redentor.

La Bella Señora, que compartió la obra de Salvación de su Hijo en el Calvario, describió la dolorosa situación en que ella se encontraba. “¡Hace tanto tiempo que sufro por ustedes!” Ella estaba atrapada, por decirlo de algún modo, entre su amado hijo que había sido ofendido y su amado pueblo que era el ofensor.

Todos hemos leído el relato sobre sus palabras y la manera en que ella se presentó en La Salette. ¿Qué podemos decir de su interacción con Jesús antes de la Aparición? La suya no era una oración común y corriente. En Joel 2:17 leemos: “Lloren los sacerdotes, los ministros del Señor, y digan: ‘¡Perdona, Señor a tu pueblo!’” La oración de María seguramente era más intensa. Intenta imaginar la escena.

Podemos unirnos a ella en esa oración, al exclamar, “¡Señor, ten piedad! ¡Cristo, ten piedad!, ¡Señor, ten piedad!” Lo decimos en cada Misa, como parte del ritual; pero en tanto más conscientes seamos de nuestra necesidad de perdón, de la ayuda de Dios en tiempos difíciles, más profundo será el significado que le demos a aquellas palabras, mientras le imploramos al Señor para que nunca nos abandone.

También nos ofrecemos a hacer nuestra parte, uniendo nuestras penas y contrariedades diarias, ya sean físicas, psicológicas o espirituales, al sufrimiento redentor de Jesús. Como el autor de la Carta a los Hebreos escribe en la segunda lectura de hoy, “No tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades”.

Jesús ya pagó el precio de nuestra redención. Lo que María nos pide en La Salette parece un pequeño precio a pagar si queremos compartir la gran misericordia que nos está esperando.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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