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La Elección

(Cristo Rey: 2 Samuel 5:1-3; Colosenses 1:12-20; Lucas 23:35-43)

La mayoría de las Iglesias Católicas no cuentan con una estatua u otra imagen de Jesús sentado en un trono como Rey del Universo. Todas, sin embargo, tienen un crucifijo prominente a la vista de todos, mostrando a Cristo en el momento supremo de su amor por nosotros.

El crucifijo que María llevaba en La Salette es, como muchas veces lo hemos recalcado, el centro de su aparición. Las personas que lo ven por primera vez invariablemente preguntan por el significado del martillo y la tenaza. (Es interesante preguntarles primero qué es lo que creen que significa).

La respuesta más simple es que los niños los describieron como formando parte del vestido de la Bella Señora, no unidos a la cruz sino debajo de sus brazos. Aparte de eso, no hay ninguna interpretación oficial. Sin embargo, la explicación más común, es que el martillo representa al pecado, que golpea los clavos que atraviesan las manos y los pies de Jesús, y que la tenaza simboliza el arrepentimiento, que saca los clavos. En otras palabras, indican una elección.

El evangelio de hoy, también, nos muestra a Cristo crucificado. Colócate en la escena. Escucha los gritos,

“¡sálvate a ti mismo!”. Ten en cuenta que él es uno de los tres criminales que fueron crucificados aquel día. Los otros dos están uno a la derecha y el otro a la izquierda.

Uno de ellos se une a la hostilidad de la multitud. “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. No muestra ninguna compasión por su compañero en el sufrimiento. El otro lo reprende, y luego manifiesta una fe y una esperanza asombrosas al decirle, “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino”. Estas son las únicas palabras bondadosas dirigidas a Jesús crucificado.

Hay, si te parece, un paralelo entre el crucifijo de La Salette y los dos criminales. Uno, como el martillo, es causa de dolor; el otro, como la tenaza, lo alivia. Nuevamente vemos una elección por Cristo o en contra de él, presentada de manera muy conmovedora.

Jesús responde con una promesa: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. (En La Salette, lo equivalente es la visión profética de abundancia, acompañada con viva esperanza).

Si aquellas personas que se burlaban de él tan sólo hubieran sabido lo que nosotros sabemos, como San Pablo escribe en 1 de Corintios 2:8, “no habrían crucificado al Señor de la gloria”. Habrían entendido que él eligió no salvarse a sí mismo porque nos estaba salvando a nosotros.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Temor sin miedo

(33er Domingo Ordinario: Malaquías 3:19-20; 2 Tesalonicenses 3:7-12; Lucas 21:5-19)

Tanto el Profeta Malaquías como Jesús profetizan un tiempo de conflictos. En la primera lectura, “Llega el Día, abrasador como un horno”. En el evangelio, “Un día no quedará piedra sobre piedra”. ¡Una siniestra visión del día del juicio final!

Ambos también ofrecen ánimo a los fieles. “Pero para ustedes, los que temen mi Nombre, brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos” (Malaquías). “No deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría” (Jesús).

Aquí encontramos dos términos que aparecen juntos tres veces en el Antiguo Testamento, en el texto muy conocido: “El principio de la sabiduría es el temor del Señor.” Entre los siete dones del Espíritu Santo, la sabiduría está primera en la lista, y el temor del Señor, último.

Es bien sabido que el temor del Señor no significa tenerle miedo a Dios, sino más bien respetarlo tanto que nunca deseemos ofenderlo. En este sentido, la Bella Señora de La Salette dice, “No tengan miedo”, pero luego describe las formas en que su pueblo no teme al Señor.

Aquellos que temen al Señor en el verdadero sentido, están listos para someterse a su voluntad, sin importar como esta se manifieste en sus vidas. Esto puede incluir persecución o una vocación a un servicio generoso, pero al menos significa vivir de tal modo que podamos ser ejemplo para los demás.

En la segunda lectura, San Pablo afirma: “Queríamos darles un ejemplo para imitar”. Específicamente, él quiere que los cristianos ganen su propio sustento en lugar de esperar que otros los mantengan. Pero en 1 Corintios 11:1 hace una afirmación más amplia: “Sigan mi ejemplo, así como yo sigo el ejemplo de Cristo”.

Jesús es, verdaderamente, el modelo superior de temor del Señor. Él “se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Filipenses 2:8). En La Salette, María nos invita a pedir este don del Espíritu Santo.

Pudiera ser imprudente, o aún más, arrogante, decirles a los demás que nos imiten. Y, sin embargo, en cierto sentido, nuestra fe cristiana está inevitablemente a vista de todos. Como dice Jesús en Juan 13:35: “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”. Esto también es, temor del Señor.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Aguardando con segura esperanza

(32do Domingo Ordinario: 2 Macabeos 7:1-2,9-14; 2 Tesalonicenses 2:16-3:5; Lucas 20:27-38)

Las lecturas de este fin de semana siguen de cerca la Solemnidad de Todos los Santos y La Conmemoración de todos los fieles difuntos (día de las Almas). Por lo tanto parece ser el tiempo propicio para hablar de la resurrección y de la virtud teologal de la Esperanza.

En la primera lectura escuchamos parte del relato de una madre que fue testigo de la tortura y de la muerte de sus siete hijos, antes de ser ejecutada ella misma, por rehusarse a comer cerdo. El cuarto hijo expresó su motivación: “Es preferible morir a manos de los hombres, con la esperanza puesta en Dios de ser resucitados por Él”.

La queja de María en La Salette por la gente que va a la carnicería en Cuaresma contrasta severamente con la fe por la que aquellas personas valientes entregaron sus vidas. Ellas nos inspiran admiración. Sin embargo, ¿hasta qué punto estaríamos dispuestos nosotros a imitarlas en situaciones similares? Nuestra propia razón nos pone en oración para que nuestra fe nunca tenga que ponerse a prueba de semejante manera.

Pablo les recuerda a los tesalonicenses que Dios “nos amó y nos dio gratuitamente un consuelo eterno y una feliz Esperanza”, y “los fortalecerá y los preservará del Maligno”.

En el evangelio, Jesús insiste en la resurrección. Este se refleja en la conclusión del Credo Niceno: “Espero la resurrección de los Muertos y la vida del mundo futuro”.

Es fácil imaginarlo, en La Salette, las lágrimas de la Bella Señora fluyeron de manera más abundante cuando ella habló de los niños de menos de siete años que morirían en los brazos de las personas que los sostengan. Ella sabía por experiencia dolorosa propia, que sus madres sufrirían. Pero si su pueblo se negaba a volver a Dios, ¿dónde encontraría la esperanza necesaria para mirarlos en aquellos momentos de dolor?

El crucifijo que María llevaba brillaba con luz enceguecedora. Pero no nos olvidemos que la cruz, un instrumento de muerte, fue primero y ante todo un medio cruel de prolongar y agravar la muerte por medio de la tortura y de la humillación. Y aun así se convirtió en nuestra principal fuente de esperanza.

Jesús vendrá, como decimos en el Credo, para juzgar a los vivos y a muertos. Que podamos ser hallados esperando en la esperanza segura de la resurrección.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Encuentros

(31er Domingo Ordinario: Sabiduría 11:22-12:2; 2 Tesalonicenses 1:11-2:2; Lucas 19:1-10)

Al ir reflexionando sobre las lecturas bíblicas de este fin de semana, la palabra encuentro sobresalía.

Esto es obvio en el relato del evangelio acerca de Jesús y Zaqueo. En la segunda lectura, Pablo y sus compañeros Silvano y Timoteo escribieron, “Rogamos constantemente por ustedes a fin de que Dios los haga dignos de su llamado”. En ambas instancias, el Señor tomó la iniciativa.

La primera lectura no hace mención de individuos, pero la dinámica es la misma. “Tú te compadeces de todos, ... tú amas todo lo que existe, … reprendes poco a poco a los que caen, y los amonestas recordándoles sus pecados, para que se aparten del mal y crean en ti, Señor”.

¿Quiénes somos nosotros comparados con Dios? Sin embargo, Dios todavía ansía encontrarse con nosotros.

En el evangelio, Zaqueo buscaba ver al famoso Jesús que pasaba por ahí. Así que hizo lo que tenía que hacer. Ponte en sus zapatos. ¿Te hubieras llenado de curiosidad? ¿Te hubieras animado a enfrentarte con la multitud, especialmente siendo tan conocido en el pueblo?

Jesús también quería ver a Zaqueo, pero por una razón distinta. Zaqueo nunca pudo haberse imaginado que Jesús se auto invitaría a quedarse en su casa, ¡la casa de un pecador! – como se escuchaba en el murmullo de la multitud. Pero Jesús lo buscó, porque quería tener un encuentro. Este no era un acontecimiento casual. El propósito de Jesús se cumplió: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”.

No estaba en los planes de Maximino y Melania el ver a una Bella Señora aquella tarde del sábado 19 de septiembre de 1846. Ella los buscó para dejar resonando en ellos un mensaje para su pueblo, para recordarles de su pecado y de la necesidad de abandonar la maldad, y de la necesidad de conversión.

Como miembros de la gran comunidad saletense, nuestro encuentro con la Madre que llora nos ha transformado, pero de vez en cuando necesitamos preguntarnos: ¿todavía escuchamos su fuerte reprimenda? ¿Aun necesitamos aquella advertencia?

No hay razón para tenerle miedo a estas preguntas. Después de todo, todo el mensaje de María comenzaba con, “Acérquense, hijos míos, no tengan miedo”. Ningún daño, sino cosas buenas, resultarán de este encuentro.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Bendita humildad

(30mo Domingo Ordinario: Éxodo 17:8-13; 2 Timoteo 3:14-4:2; Lucas 18:1-8)

En el capítulo 6 del evangelio, Lucas nos da su versión de las bienaventuranzas, en las que Jesús señala como benditos a aquellos que son pobres, sufren hambre, lloran, y son perseguidos.

La primera lectura de hoy nos asegura, “El Señor es juez y no hace distinción de personas”. Luego el autor parece contradecirse a sí mismo, enfatizando que Dios siempre escucha el clamor de los oprimidos, de los huérfanos y de las viudas, y de los pequeños. Sin embargo, incluye entre ellos “al que rinde el culto que agrada al Señor”.

La Santísima Virgen María, que se refiere a sí misma como la humilde sierva de Dios, es el ejemplo más preclaro de entrega en su servicio. En La Salette, ella nos anima a seguir su ejemplo. La palabra que ella utiliza es: someterse.

Con confianza rezamos ante ella y ante otros santos. Sus vidas virtuosas al servicio del Señor permiten que sus voces sean escuchadas en favor nuestro, poniéndose de nuestro lado cuando, como el cobrador de impuestos del evangelio, dudamos en levantar nuestros ojos al cielo, y decir, “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”.

Lo que le pedimos al Señor para nosotros mismos, debemos estar listos para dárselo a los demás. Hace unas semanas, una lectura de la Misa cotidiana, de Proverbios, terminaba con estas palabras, “El que cierra los oídos al clamor del débil llamará y no se le responderá”.

En la segunda lectura San Pablo escribe desde la prisión, “Cuando hice mi primera defensa, nadie me acompañó, sino que todos me abandonaron”. Jesús había experimentado lo mismo antes, y muchos otros desde entonces. En nuestro mundo cada vez más secularizado, es posible que nos quedemos solos. Necesitaremos pelear el buen combate, terminar la carrera, y sobre todo conservar la fe.

Cuando vemos a alguien atravesando solo por las pruebas de la vida, debemos ser valientes y ponernos de su lado. Que nuestras palabras y acciones siempre reflejen las palabras del Salmo de hoy. “Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mis labios. Mi alma se gloría en el Señor: que lo oigan los humildes y se alegren”. No nos abandonemos nunca unos a otros.”

Acerquémonos al Señor con esa actitud de mente y de corazón tal que lo haga más dispuesto a escucharnos, no alabándonos a nosotros mismos como el Fariseo, sino en actitud de humildad en su presencia.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Encontrar nuestro lugar

(29no Domingo Ordinario: Éxodo 17:8-13; 2 Timoteo 3:14-4:2; Lucas 18:1-8)

En 1876, los Misioneros de Nuestra Señora de La Salette no tenían ni 25 años de existencia, y, aun así, tuvieron que enfrentarse a una decisión. Se presentó una propuesta, la de desarrollar dos ramas dentro de la Congregación; una contemplativa y penitencial, la otra activa en el apostolado. La primera debía proporcionar apoyo espiritual a la segunda.

La idea es similar a la que vemos hoy en la lectura del Éxodo. Mientras Josué se enfrentaba en batalla contra Amalec, Moisés oraba desde su ubicación en la cima de la colina. Así, cada vez que los soldados levantaban la mirada, recobraban el valor viendo orar a Moisés.

Muchas veces miramos a la Bella Señora y decimos, “Nuestra Señora de La Salette, Reconciliadora de los Pecadores, ruega siempre por nosotros que recurrimos a ti”. Sabemos que ella reza constantemente por nosotros. Ella misma nos lo dijo.

Pero nosotros no somos recipientes pasivos. Los laicos saletenses, en particular, pueden asumir varios roles. La imagen de Aarón y de Jur en la primera lectura es especialmente llamativa en este contexto. Ellos no están con Josué en el campo de batalla. No están orando como Moisés. En cambio, cuando los brazos de Moisés comenzaban a cansarse, ellos encontraban maneras creativas de ayudarle a continuar con su ministerio. Ellos estaban apoyando a ambos, a Moisés y a Josué.

Este relato de Éxodo se usa a veces para interpretar las palabras de María acerca del brazo de su Hijo. Es así como ella es vista actuando como Aarón y Jur, sosteniendo el brazo de Jesús al tiempo que intercede por nosotros.

En la celebración de la Eucaristía, el sacerdote en el altar puede ser comparado con Moisés sobre la colina. Mirando a la congregación y rezando por ella, él no está solo, sino que tiene el apoyo del pueblo por medio de su participación fiel y activa en toda una variedad de ministerios litúrgicos y otros servicios en la Iglesia.

¿Eres un Moisés? El mundo necesita de tu oración, de tu ejemplo. El mundo necesita verte sobre la colina con tus manos levantadas a lo alto en oración, para tomar fuerza de tu ejemplo y convertirnos, y que lleguemos a ser el pueblo que él desea que seamos.

¿O quizá eres un Josué, o un Aarón o un Jur, u otra figura de la escritura? Todos podemos encontrar nuestro lugar en la Iglesia y en el mundo saletense.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Gratitud por la curación

(28vo Domingo Ordinario: 2 Reyes 5:14-17; 2 Timoteo 2:8-13; Lucas 17:11-19)

Ya que vamos a reflexionar sobre la gratitud, comenzamos agradeciendo a todos y a cada uno de ustedes fieles lectores, y a aquellos de entre ustedes que de vez en cuando envían sus comentarios útiles y alentadores.

También hablaremos de curación. En la primera lectura de hoy, un leproso, Naamán, es sanado, mientras que en el Evangelio son diez los leprosos sanados. A renglón seguido de estas sanaciones hay expresiones de gratitud.

Nuestra Señora de La Salette lloró por la muerte de los niños y por el hambre que ya había comenzado a hacer estragos en Europa. La causa era una forma de lepra, no de las personas sino de los alimentos básicos. María habló del trigo arruinado, uvas podridas y nueces carcomidas. La desesperación provocada por esto no era distinta a la que experimentaban los leprosos, aun en tiempos modernos.

En una visión profética de abundancia, la Bella Señora prometió la sanación de la tierra, por decirlo así, un alivio del hambre para su pueblo.

Naamán regresó a Eliseo diciendo, “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no ser en Israel. Acepta, te lo ruego, un presente de tu servidor”. Veamos por qué, cuándo, y cómo él expresa su gratitud. El porqué se ve claramente. El cuándo: tan pronto posible. El cómo: mediante la ofrenda de dones a Eliseo, sí, pero en un nivel más profundo por su conversión a la fe de Israel.

Naamán se zambulló en el Jordán siete veces. Esta acción nos hace pensar en el bautismo; el número nos recuerda los sacramentos, memoriales perpetuos de nuestra conversión al amor de Dios.

Los peregrinos a La Salette regresan a sus casas con agua de la fuente donde María se apareció. Naamán llevó dos mulas cargadas de tierra, para usarla como una especie de alfombra de oración, como un constante recuerdo de la misericordia de Dios.

En el Evangelio, diez leprosos fueron purificados. Uno, “al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias”. Jesús entonces le dijo. “Levántate y vete, tu fe te ha salvado”.

Purificado, sanado, salvado. Tales son los signos, los frutos, y algunas veces hasta la causa de conversión. El orden exacto es de poca importancia. Lo que importa más es, que una vez que experimentamos de primera mano la misericordia de Dios, vivimos nuestra vida con gratitud y fidelidad.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Auméntanos la fe

(27mo Domingo Ordinario: Habacuc 1:2-3, 2:2-4; 2 Timoteo 1: 6-14; Lucas 17:5-10)

Cuando los apóstoles le dijeron a Jesús, “Auméntanos la fe”, ellos daban a entender dos cosas: la primera, que ellos ya la tenían; y la segunda, que Jesús era el responsable de mejorarla.

¿Por qué esperarían ellos que Jesús hiciera tal cosa? Seguramente era algo por lo cual ellos mismos debían ser responsables. La respuesta de Jesús parece casi expresar que la fe de ellos, si es genuina, es perfectamente adecuada.

Aun así, existen ciertas prácticas básicas que ayudan a aumentar la fe, o hasta a restaurarla. En La Salette, María nos recuerda algo tan simple como la oración de la mañana y de la tarde, guardar el santo día del Señor, observar las prácticas cuaresmales.

Ella dice, “Si se convierten,” – que puede incluir, por ejemplo, recibir el sacramento de la Reconciliación mensualmente. Nuestra Madre llorosa sugiere, como lo hizo Jesús con la semilla de mostaza, que, si nuestra fe es genuina, veríamos cosas maravillosas: rocas que se convierten en montones de trigo, y papas que aparecen sembradas por los campos. La conversión siempre puede ser más profunda. La fe siempre puede fortalecerse. Aunque el Señor mire con bondad nuestros esfuerzos, nunca serán lo suficientemente buenos sin su ayuda.

En la segunda lectura, San Pablo le dice casi lo mismo a Timoteo cuando escribe: “Conserva lo que se te ha confiado [el don de Dios], con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros”. El Catecismo de la Iglesia Católica, en su primerísimo parágrafo, describe este don: “Dios..., en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada”.

En la primera lectura, cuando Habacuc parece estar al borde de la desesperación, el Señor le promete, “El justo vivirá por su fidelidad”. La constancia, es, por lo tanto, esencial para crecer en nuestra vida de fe.

Y la humildad también lo es. Vemos esto en la segunda parte del Evangelio, una parábola acerca de los servidores.

En este pasaje, Jesús nos dice que estamos llamados a hacer más; no es suficiente para nosotros sólo ser. “Ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: ‘Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber’”.

Jesús no está poniendo en tela de juicio nuestros esfuerzos, pero nos invita a estar siempre dispuestos a servir. Cuando Dios exige más, demos más. Como María, ¡entreguémoslo todo!

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Un corazón misericordioso

(26to Domingo Ordinario: Amós 6:1-7; 1 Timoteo 6:11-16; Lucas 16:19-31)

Nos sumergimos en nuestra reflexión con la Antífona de Entrada de hoy: “Todo lo que hiciste con nosotros, Señor, es verdaderamente justo, porque pecamos contra ti y no obedecimos tu ley; pero glorifica tu nombre, tratándonos según tu gran misericordia”.

Sin ponernos demasiado técnicos con respecto al origen de las palabras, podemos afirmar que misericordia significa compasión o, en términos más poéticos, un corazón sensible al pobre, al afligido y al pecador. La misericordia es el corazón del Evangelio y de la Aparición de Nuestra Señora de La Salette.

La primera lectura y el evangelio se centran en un gran mal: la incapacidad de mostrar misericordia. En ambos se muestra a personas que viven satisfechas en su propio mundo de bienestar, sin preocupación por el sufrimiento de los demás. Por lo tanto, su perdición es inminente.

En la segunda lectura, Pablo, actuando como instructor y director espiritual de Timoteo, lo llama hombre de Dios, y escribe, “practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia, la bondad”. Esto debe incluir la misericordia.

La Misericordiosa Madre de La Salette tuvo un corazón sensible por el acongojado pecador. Su pueblo sufría a causa de sus pecados. Ella vino a mostrar que se puede obtener misericordia volviendo al Señor y a su Iglesia.

Hay una imagen en el evangelio que nos llamó la atención de una manera particular. El hombre rico, desde su lugar de tormento, exclama, ““Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan”.

Ya era tarde para él, pero no es demasiado tarde para que nosotros podamos ofrecer una gota del agua de La Salette, figurativamente hablando, por medio de nuestro ministerio y oración, a aquellos que tienen sed de bondad humana y divina.

Este pensamiento toma un significado más profundo cuando lo aplicamos a Dios. Una simple gota de misericordia del dedo de Dios trae frescura y un alivio del sufrimiento. Una gota de la sangre de Jesús, dada a nosotros en la Eucaristía, puede restaurarnos el favor de Dios. Que nuestra participación en la Misa no se transforme en una acción vana.

Y cultivemos el deseo de tener un corazón sensible a los desolados pecadores, seamos agentes de la misericordia de Dios donde estemos y cuando podamos.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Llamados a rendir cuentas

(25to Domingo Ordinario: Amos 8:4-7; 1 Timoteo 2:1-8; Lucas 16:1-13)

Un administrador está a cargo de las propiedades de otra persona. Es un puesto de confianza. El personaje principal del Evangelio de hoy es un administrador deshonesto, a quien su amo le dijo: “Dame cuenta de tu administración”.

En la Iglesia, el concepto de administración se aplica a menudo al tiempo, al talento y a las riquezas, y cada vez más, al planeta. Después de leer el texto de Amos como también del Evangelio, podemos sentir que Dios nos acaba de llamar y que ahora debemos preparar una rendición de cuentas de nuestra administración.

Desde una perspectiva saletense, podríamos decir que la Bella Señora tocó el tema de la administración del tiempo. “¿Hacen bien la oración?” Rezar bien no se trata únicamente de que debemos evitar la distracción, por ejemplo. Más bien, es una cuestión de tomarse un tiempo apropiado para orar, y asegurarnos de que recemos con el corazón, no solamente con nuestros labios.

María también mencionó el Día del Señor dos veces. Primero, hablando como los profetas en nombre de Dios, ella dice, “Les he dado seis días para trabajar y me he reservado el séptimo, pero no quieren dármelo”. Más tarde afirma que solamente unas cuantas mujeres ancianas van a misa en verano, y que cuando otros van a la iglesia, lo hacen para burlarse de la religión.

Por último, “En Cuaresma, van a la carnicería, como los perros”.

Aun fuera del contexto religioso, necesitamos examinar nuestro uso del tiempo. Por supuesto, permitiéndonos un apropiado tiempo libre, necesitamos evitar malgastar horas en actividades – o sedentarismo –por lo cual seríamos incapaces o nos avergonzaría tener que rendir cuentas. En nuestra vida profesional, ¿hacemos nuestra tarea diaria con honestidad?

En cuanto al talento y a la riqueza, ¿los ponemos al servicio de la comunidad cristiana y de los que pasan necesidad alrededor de nosotros? O los derrochamos buscando nuestro propio placer y satisfaciendo nuestra avaricia, acumulando tesoros que no nos llevaremos a la tumba.

¿Cómo sería si Dios requiriera de nosotros una completa rendición de cuentas de nuestra administración? En realidad, la pregunta no es hipotética. ¿Cómo será, cuando Dios requirirá…?

También debemos estar preparados para rendir cuentas de uno de los más grandes de nuestros dones – nuestra vocación saletense.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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