P. René Butler MS - 29no Domingo Ordinario -...
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P. René Butler MS - 28vo Domingo Ordinario - Más...
Más Pensamientos sobre la Oración (28vo Domingo Ordinario: Sabiduría 7:7-11; Hebreos 4:12-13; Marcos 10:17-30) Con mucha frecuencia en estas reflexiones hacemos alusión a la pregunta de María, “¿Hacen ustedes bien la... Czytaj więcej
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P. René Butler MS - 27mo Domingo Ordinario -...
Nunca Solos (27mo Domingo Ordinario: Génesis 2:18-24; Hebreos 2:9-11; Marcos 10:2-16) Dios creó al hombre a su imagen, según su semejanza. En la lectura del Génesis de hoy, las palabras del hombre, “hueso de mis huesos y carne de mi... Czytaj więcej
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Las Tempestades y la Fe

(12do Domingo Ordinario: Job 38:1, 8-11; 2 Corintios 5:14-17; Marcos 4:35-41)

Si solamente nos fijamos en las palabras que Dios le dirige a Job en la primera lectura, podemos perdernos de algo importante: “El Señor respondió a Job desde la tempestad”. Dios no es solamente el amo de la tempestad; él habita en ella.

Job tuvo que lidiar con el sufrimiento físico, el desbarajuste de su vida, y el consuelo engañoso que sus amigos le ofrecían. Todo esto causó en su interior una tempestad. Lo que Job no sabía es que Dios estaba con él en su tormento, protegiéndolo aun en las pruebas por las que permitía que pasara.

En el Salmo, Dios levantó la tempestad y luego, en respuesta a la oración, “la cambió en una brisa suave”. El Evangelio muestra a Jesús durmiendo durante una tormenta, mientras el bote se llenaba de agua. Los gritos de los discípulos hacia él no eran oraciones sino reclamos. “¿No te importa que nos ahoguemos?” Jesús a su vez los reprocha: “¿Cómo no tienen fe?”

La Aparición de Nuestra Señora de la Salette levantó algunas preguntas. El pánico en vistas del hambre que se aproximaba estaba comenzando a tomar las proporciones de tempestad en los pueblos vecinos y más allá. ¿Dónde estaba la fe de ellos? La Bella Señora vino a mostrarles que no estaban abandonados, y que lo que para ellos era importante también lo era para Dios.

Nosotros también clamamos al Señor en tiempo de angustia (en nuestras tempestades), aunque sea con la misma fe imperfecta de los discípulos. Puede que el rescate no nos venga de la forma en que lo imaginamos y, como Job, tengamos que sortear la tempestad.

Veamos qué nos pasa en tiempos de conflicto y discordia o pérdida. Es entonces cuando aprendemos a valorar a las personas que nos ofrecen consuelo, apoyo y ayuda. Así sabemos quiénes son nuestros verdaderos amigos.

Esto también vale en nuestra vida espiritual, si tenemos fe y creemos que Cristo está con nosotros, listo para comandar a los mares para que se calmen y a los vientos para que se detengan, quizá podamos preguntarnos cómo sería nuestra fe si nunca tuviéramos que atravesar las tempestades de la vida.

La segunda lectura parece tener poco en común con el resto, pero “al considerar que, si uno solo murió por todos”, como la verdad que toca cada aspecto y momento de nuestras vidas, ya sean tranquilos o tempestuosos, nos convencemos de que, “el que vive en Cristo es una nueva criatura”.

La Salette nos ayuda también a hacer propia esta verdad.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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Humilde Coraje

(11° Domingo Ordinario: Ezequiel 17:22-24; 2 Corintios 5:6-10; Mark 4:26-34)

En la primera lectura, Dios declara, “Yo, el Señor, humillo al árbol elevado y exalto al árbol humillado”. ¿Puedes oír el eco de estas palabras en un pasaje mucho más conocido?

Estamos pensando en el Magnificat de María: “Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes”.

El concepto clave en ambos textos es la humildad, que es igualmente fundamental en el mensaje de Nuestra Señora de La Salette. La Bella Señora vio que su pueblo cayó en el abatimiento. Pero en lugar de humillarse, se rebeló. Estaba lejos de mostrar la actitud expresada en el Salmo de hoy: “Es bueno dar gracias al Señor, y cantar, Dios Altísimo, a tu Nombre; proclamar tu amor de madrugada, y tu fidelidad en las vigilias de la noche”.

Recordemos cómo comienza el Magnificat. “Mi alma canta la grandeza del Señor”. No es tan fácil como parece. Entre los que pensamos lo mismo, sí, podemos proclamar la grandeza y la bondad de Dios. Pero es otra cosa en el día a día de nuestro mundo. Requiere coraje.

Dos veces en nuestra segunda lectura San Pablo dice que “nos sentimos plenamente seguros”, porque “nosotros caminamos en la fe y todavía no vemos claramente”. En otras palabras, nosotros ponemos nuestras vidas en las manos de Dios, y confiamos en que él lleve a cabo su obra en nosotros y por medio de nosotros, tan misteriosamente como él hace germinar las semillas y crecer las plantas. Jesús usa esta imagen en el Evangelio de hoy para describir el Reino de Dios, al cual cada uno de nosotros pertenece.

Sin embargo, darnos cuenta de nuestro rol único y distintivo no es fácil, porque no siempre estamos atentos a los sutiles movimientos del Espíritu en nosotros. Aquí hay algunas preguntas que pueden ayudar a hacer el discernimiento. ¿Quién es tu santo favorito? ¿Cuáles son tu oración, cántico, pasaje de la escritura favoritos?

Más específicamente para nosotros, ¿Cuál es tu parte favorita del relato de La Salette? ¿Qué parte del mensaje te conmueve más profundamente?

Las repuestas a estas preguntas pueden ayudarnos a discernir la manera en que el Señor desea que le sirvamos. Aceptar esa invitación probablemente requerirá de coraje; y ciertamente hará falta humildad.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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“Mi Sangre, la Sangre de la Alianza”

(Corpus Christi: Éxodo 24:3-8; Hebreos 9:11-15; Marcos 14:12-16, 22-26)

Moisés en la lectura del Éxodo dice: “Esta es la sangre de la alianza que ahora el Señor hace con ustedes”. Muy parecidas son las palabras de Jesús en el Evangelio, “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos”.

La primera es la sangre de los animales sacrificados en nombre del pueblo elegido. La segunda es la sangre de Cristo, “mi sangre”, derramada por muchos, es decir, por todos los que entrarán en su alianza.

Una alianza se hace entre dos o más partes. Cada una tiene expectativas razonables acerca del otro, cada uno se compromete a ser fiel a los acuerdos realizados. Notemos que antes de que Moisés aspergiera a los hebreos con la sangre de la alianza, ellos declararon, “Estamos resueltos a poner en práctica y a obedecer todo lo que el Señor ha dicho”.

Después de la Nueva Alianza, lo mismo sucedió. En La Salette la Madre de Jesús se quejó: “En verano, sólo van algunas mujeres ancianas a Misa. Los demás trabajan el domingo, todo el verano. En invierno, cuando no saben qué hacer van a Misa sólo para reírse de la religión”.

Considerando la centralidad de la Eucaristía como “fuente y culmen” de la vida eclesial, esta es de verdad una crítica condenatoria. Por años en muchas comunidades cristianas, la participación en la iglesia ha estado en declive. Las encuestas afirman que un alarmante porcentaje de católicos no creen en la presencia real de Jesús en la Eucaristía. (Esto puede darse porque no saben explicarla).

Esto es lo que pasa cuando olvidamos que la Alianza en la sangre de Cristo es, primero y ante todo, una relación personal. El salmo de hoy lo coloca en estos términos: “¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo? Alzaré la copa de la salvación e invocaré el nombre del Señor”.

¡Si tan sólo pudiéramos ser en todo momento conscientes de la bondad de Dios! Nos sentiríamos menos inclinados a darlo por hecho, o inclusive a no descuidar el don de la Eucaristía, el “signo eficaz” (es decir el sacramento) del derramamiento de la preciosas sangre de Cristo por nosotros.

En la misa nos hacemos eco de las palabras del Salmista: “Cumpliré mis votos al Señor, en presencia de todo su pueblo”. Esto también forma parte del hacer conocer el mensaje de María.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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quarta-feira, 12 maio 2021 18:04

Rosário - Junho 2021

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quarta-feira, 12 maio 2021 13:57

Nova Coordenação Nacional - Brasil

NOVA COORDENAÇÃO NACIONAL DOS LEIGOS SALETINOS NO BRASIL

No dia 19 de abril de 2021 foi empossada a nova Coordenação Nacional dos Leigos Saletinos no Brasil, eleita pela maioria dos leigos saletinos. Foram eleitas as Sras. Ana Beatriz Diniz S. Bersaneti, mais conhecida por Bia, e Lindamir de Fátima Varela, respectivamente Coordenadora e Vice Coordenadora.

O processo de escolha da nova Coordenação, definido nos Princípios Orientativos do Movimento, foi feito após uma semana de oração e de reflexão, conduzido pelo Padre Adilson Schio, MS, Orientador Espiritual dos Leigos Saletinos no Brasil.

Rogamos a Deus saúde e sabedoria à nova Coordenação Nacional, para que possam conduzir os Leigos Saletinos até o final de 2023.

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¿Te has dado Cuenta?

(Santísima Trinidad: Deuteronomio 4:32-40; Romanos 8:14-17; Mateo 28:16-20)

¿Cuántas veces has pensado en la Santísima Trinidad la semana pasada? Supongamos que fuiste a la Misa Dominical, recitaste el Rosario tres veces, y rezaste con el breviario la oración de la mañana o de la tarde una vez.

Agregándolo todo se llega como mínimo a unas 25 veces en que, ya sea escuchaste, leíste o pronunciaste los nombres del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Pero la pregunta es: ¿pensaste en ellos? Estuviste atento o, usando una expresión saletense, ¿ hacían ustedes bien la oración? ¿Estabas de verdad rindiendo homenaje a la Santísima Trinidad?

Tal vez es debido a nuestra tendencia a la distracción que la Iglesia nos ofrece cada año una solemnidad en la cual podemos conscientemente adorar a Dios en toda su magnificencia y gloria trinitarias.

La revelación del misterio más profundo de Dios llevó siglos. Primero con la creación. “Él lo dijo, y el mundo existió, él dio una orden, y todo subsiste” conforme leemos en el Salmo Responsorial. Después de elegirse un pueblo, lo liberó de la esclavitud, tal como Moisés se lo hace recordar en la primera lectura. Finalmente, él nos envió a su Hijo, quien a su vez nos envió el Espíritu.

Sin usar un lenguaje trinitario, el mensaje de Nuestra Señora de La Salette evoca al Padre que rescató a su pueblo, pero cuyos mandamientos estaban siendo ignorados. Su crucifijo nos muestra al Hijo que redimió y reconcilió a su pueblo; y este se negó a brindarle el respeto y la adoración que le son debidos. Las lágrimas de María son su modo de decir, “¿Cómo pudieron olvidarlo?”

¿Podría ser el Espíritu la Fuente de la luz de la cual ella estaba formada, o la inspiración detrás de sus palabras? Sea como fuere, el Padre, el Hijo y el Espíritu se reflejan plenamente en su ternura y belleza.

Uno podría sentirse tentado a ver otra dimensión trinitaria en la aparición. La Salette es una y tres. Es un evento singular; pero sus tres momentos dan origen a las distintas imágenes de la Madre que llora, la Conversación, y la Asunción.

En la segunda lectura, San Pablo nos dice que nosotros hemos recibido “el espíritu de hijos adoptivos” y que somos “coherederos de Cristo”. Por lo tanto, démonos cuenta de lo que decimos cuando rezamos, “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, al Dios que es, que era y que vendrá” (Aclamación del Evangelio).

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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Reavivar el fuego

(Pentecostés: Hechos 2, 1-11; Gálatas 5, 16-25; Juan 15, 26-27; 16, 12-15)

Los discípulos estaban reunidos en la sala donde solían hacerlo habitualmente. Ahí oraron, y eligieron a Matías para reemplazar a Judas y, como les había dicho Jesús en su Ascensión, estaban esperando “la promesa del Padre”.

Entonces, en forma de viento y fuego, vino el Espíritu para llevarlos, por así decirlo, desde la sala donde se reunían hacia el mundo para predicar, “según el Espíritu les permitía expresarse”.

En la Aclamación del Evangelio de hoy oramos: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”; y en la Secuencia: “Suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos”.

En la segunda lectura, San Pablo está tratando de ayudar a los Gálatas a comprender que sus disputas sectarias (entre otras cosas) no tienen nada que ver con los frutos del Espíritu. “Si vivimos animados por el Espíritu, dejémonos conducir también por Él”, escribe. En otras palabras, deja atrás todo aquello que no sea del Espíritu.

Cuando leemos estas palabras, podemos inclinarnos a sentirnos culpables por los cargos. Si es así, ¿qué nos retiene? En La Salette, María vino a reavivar el fuego del amor de Dios en su pueblo. Con un mensaje deliberadamente inquietante, quiso sacarlos de su complacencia, para que respondan a su vocación cristiana, como el Espíritu les permitía.

El desafío de Pentecostés es siempre reavivar nuestro corazón, pero no sólo para nosotros. El fuego está destinado a propagarse. Está inquieto; si permanece en un lugar, se extinguirá.

Así también con La Salette. Los visitantes de la Montaña Santa a menudo derraman lágrimas cuando tienen que irse. Pero La Salette es como la sala de reunión de Pentecostés. Lo que se experimenta allí no debe limitarse sólo a ese lugar.

La Bella Señora apareció envuelta en una luz, para llamar nuevamente nuestra atención y reconducirnos a su Hijo. Ella habló de manera que sea comprendida. Como saletenses, no nos basta con repetir sus palabras. Queremos escuchar verdaderamente a los demás, hablar su “idioma”; todavía necesitamos que el Espíritu Santo nos impulse al mundo para predicar, trabajar, vivir y mostrar nuestro amor por Dios, y así ayudarnos a traducir el mensaje de La Salette con nuestras palabras y acciones.

Traducción: P. Diego Diaz, M.S.

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segunda-feira, 03 maio 2021 14:54

A mensagem... sonho de Deus

A mensagem de La Salette coloca em evidência o sonho de Deus

Maio 2021

Sonhando com o Filho e com a Mãe

Então Deus disse: Façamos o homem à nossa imagem e semelhança. Que ele reine sobre os peixes do mar, sobre as aves do céu, sobre os animais domésticos e sobre toda a terra, e sobre todos os répteis que se arrastam sobre a terra’. Deus criou o homem à sua imagem; criou-o à imagem de Deus, criou o homem e a mulher” (Gn 1,26-27). No início do livro do Gênesis e da História da Salvação, encontramos o “sonho de Deus” para a humanidade.

Encontramos uma dinâmica narrativa semelhante no início do ministério público de Jesus. Na sinagoga de Nazaré, Jesus compartilha com a presente assembleia outro sonho, aquele do seu ministério público, aplicando a si mesmo o que foi lido pelo Profeta Isaías (Lc 4,14-30).

Do ponto de vista narrativo, tanto Deus quanto Jesus são personagens guiados por “objetivos” e “propósitos”. Mas detenhamo-nos brevemente na figura de Jesus: desde os primeiros momentos do seu ministério público, Jesus é caracterizado como um homem de objetivos (metas-orientadas). O episódio de Nazaré, uma vez inserido no contexto da macro narrativa de São Lucas, funciona como um texto programático. Esta é a “Carta Magna Apostólica” de Jesus. Neste episódio, de fato, são delineados os objetivos do ministério de Jesus, expressos através do imaginário e linguagem profética. Assim abordado, o episódio de Nazaré permite-nos refletir sobre a importância de termos “metas” e “objetivos no Espírito”, tanto na nossa vida religiosa como na nossa vida apostólica.

Primeiro: estabelecer a si mesmo “metas e propósitos no Espírito” é uma responsabilidade espiritual (veja, por exemplo, Fl 3,12-15). Podemos viver “por padrão” ou projetar criativamente nosso caminho de vida seguindo os impulsos do Espírito. Podemos viver estabelecendo “metas” e “objetivos” para nós mesmos, ou deixar que as circunstâncias decidam por nós o que fazer. É a diferença entre viver e existir, entre viver simplesmente reagindo às circunstâncias ou viver traçando nosso caminho de seguimento de Jesus de Nazaré.

Segundo: “objetivos e intenções no Espírito” são afirmações de fé. Dizem o que é importante e relevante para nós e, ao mesmo tempo, testificam nossa experiência de Deus e também nossa confiança Nele. Frequentemente, grandes “metas” e “propósitos” traem uma fé profunda, enquanto pequenas “resoluções” ou “metas” podem aludir a uma fé instável e superficial (ver Ef 3,20-21). Frequentemente, a medida de nossa fé em Deus decide a medida de nossos sonhos, “metas” ou “propósitos”.

Terceiro: ter, tanto na vida religiosa como apostólica, “metas e intenções no Espírito” evita o risco de perder o foco e a direção. Eles evitam o risco de correr incertos batendo no ar em vão (veja 1Cor 9,26).

Quarto: “metas e intenções no Espírito” nos motivam a persistir e perseverar.

Quinto: “metas e intenções no Espírito” edificam e moldam nosso caráter cristão. À medida que corremos em direção aos nossos “objetivos” e “propósitos”, também colaboramos com o Espírito na construção de nosso caráter como discípulos de Jesus de Nazaré (ver Fl 3,12).

Agora, como o Filho, a Mãe também tem um sonho. Um sonho que se torna missão para nós. As palavras finais do discurso da Bela Senhora de La Salette a Maximino e Melânia revelam o seu sonho: “Transmiti isso a todo o meu povo”. Um sonho “em andamento”. O sonho dela. Nossa “meta ou objetivo no Espírito”.

Chamados a identificar-se com Deus

“Então Deus disse: “Façamos o homem à nossa imagem e semelhança. Que ele reine sobre os peixes do mar, sobre as aves do céu, sobre os animais domésticos e sobre toda a terra, e sobre todos os répteis que se arrastam sobre a terra”. Deus criou o homem à sua imagem; criou-o à imagem de Deus, criou o homem e a mulher” (Gn 1,26-27).

Deus sonhou com o homem e o criou à sua imagem e semelhança. E também por ter desobedecido, o homem tenha perdido a amizade divina, o pecado não destruiu totalmente esta relação, pois Deus sonhou com a restauração do gênero humano e, por isso, enviou seu Filho (Jo 3,16). O plano de enviar o Filho foi precedido por grandes figuras testadas na fidelidade, como Noé, Abraão, Moisés, Davi. Com eles, e especialmente depois de Moisés, Ele sonha em ter todo um povo profético; ele sonha com o dia em que poderá purificar o homem, trocar seu coração de pedra por um de carne, infundi-lo com o Espírito Santo. O sonho se torna realidade em seu Filho Jesus Cristo que expiou nossos pecados por meio de seu sangue derramado na cruz. Desta vez, Cristo, nossa paz, deu a Deus a oportunidade de se aproximar Dele novamente. O sonho se realiza no dia de Pentecostes com o envio do Espírito Santo que criará intimidade, relacionamento e um corpo cujos membros são todos aqueles que aceitam o convite para entrar no Reino inaugurado por Cristo.

O sonho de Deus se identifica com a vontade de Deus que deseja que “todos os homens sejam salvos e cheguem ao conhecimento da verdade” (1 Tm 2,4). Portanto, todo homem deve se aproximar de Cristo “o caminho da verdade e da vida”.

“Vinde, meus filhos, não tenhais medo, aqui estou para vos contar uma grande novidade”. Neste convite, o mensageiro é o porta-voz de seu Filho amado. Não traz uma mensagem nova, tem por objetivo orientar-nos a colocar em prática os ensinamentos de Nosso Senhor Jesus Cristo. É justamente para lá que a mensagem de La Salette nos leva, ao sonho de Deus, no sentido de que busca tirar o homem da lama do materialismo, do secularismo e da indiferença em que se encontra imerso.

“Se se converterem, as pedras e rochedos se transformarão em montões de trigo!” Convertei-vos e crede no Evangelho (Mc 1,15) foi o grande apelo que Jesus fez ao mundo, e em sua aparição em La Salette e em outros lugares, Maria continua a repetir a mesma mensagem. A conversão do homem é a garantia da sua santificação e o primeiro passo para a harmonia do nosso planeta. O estado mental do homem influencia o universo a se voltar para Deus ou se desviar de seu Criador. O que assistimos hoje com a pandemia Covid-19 pode-nos ajudar a rever nossa posição diante de Deus.

A maneira como os mundanos tentaram administrar a situação dispensando Deus, testemunha, de agora em diante, a perplexidade do homem em avaliar as coisas do alto. Um exemplo concreto são as restrições que os fiéis têm para realizar seus cultos nas igrejas em um momento em que, paradoxalmente, a abertura de supermercados e vários tipos de eventos não encontraram obstáculos. Nesta situação de mundanismo, convém censurar o nosso silêncio, que se confunde com um certo conformismo. Pelo contrário, Nossa Senhora afirma fortemente o primado do espiritual, submetendo-se a Deus.

Somos destinados ao paraíso

No seu discurso, Jesus recordou: «Ora, esta é a vontade daquele que me enviou: que eu não deixe perecer nenhum daqueles que me deu, mas que os ressuscite no último dia» (Jo 6,39). Este é o plano de ação de Deus em todos os tempos. Chamados à existência, com a nossa colaboração na concepção da nova geração, somos para Deus como “a menina dos seus olhos”. Ele se preocupa para que todo homem concebido na terra compartilhe a vida na eternidade com o Deus Único e Trino. No momento da concepção, o homem recebe um dom extraordinário: a dignidade de um potencial habitante do Céu com Deus e com os demais seres humanos.

Maria é a representante daquela sociedade que agora já terminou sua peregrinação terrena. Ela conhece bem todo o desígnio de Deus e vem mostrar-nos onde a dignidade da pessoa humana destinada ao Céu está ameaçada. Com a sua Mensagem, ele quer despertar em nós o desejo do Céu e a importância do encontro com o Seu Filho na Eucaristia, além de nos sensibilizar para o respeito por Aquele que por amor se doou a si mesmo.

Melânia e Maximino eram adolescentes simples, mas a história que vivenciaram no encontro com a Bela Senhora nada tinha a ver com a mentira ou com a manipulação. Eles registraram tudo perfeitamente: o vestido próprio de uma camponesa não ocultou a majestade celestial de Nossa Senhora; sua maneira de falar era tão extraordinária que até mesmo a língua estrangeira e a longa conversa com ela ficaram indelevelmente marcadas na memória dos videntes, pois sua fala era fortemente marcada por uma origem além do mundo, e sua voz, apesar de sua aflição, suscitou confiança e compaixão nos dois. As lágrimas de Maria comoveram visivelmente Melânia e Maximino, e cada vez que eles contavam esse acontecimento, eles notavam esse fato, por sua vez, despertando profunda emoção nos ouvintes; o próprio desaparecimento de Maria suscitou nas testemunhas do encontro com Ela, uma reflexão sobre o fato de que não lhe haviam pedido que os levasse consigo; embora não soubessem quem era a Senhora, queriam ir aonde Ela fosse, porque a impressão que a sua presença suscitou foi tão bela e beatificante.

Triste, mas também grande e necessária, foi a novidade trazida a todos nós naquela tarde de 19 de setembro de 1846. A Rainha do Céu e da Terra vem para libertar em nós a consciência de que somos para Deus: de que somos Seus filhos. A única predestinação ligada ao simples fato de ser homem é a do céu. Não há outra predestinação nos planos de Deus. Se este plano não leva o homem ao Céu, é só por culpa dele - porque o próprio homem não o quer!

A Mãe de Deus e a Mãe dos homens, gerando o Homem mais distinto da terra, Jesus Cristo, nos lembra que em Seu Filho somos todos irmãos. Desfrutamos da mesma dignidade que o Filho de Deus, porque Deus decidiu nos adaptar como Seus filhos de Sua divina eleição.

Embora Maria nos mostre antes nossas omissões em seguir o plano de Deus, quando refletimos sobre Sua Mensagem, surge em nós o desejo de prestar atenção às coisas de Deus e de querer melhorar nosso relacionamento com Deus por meio de Jesus Cristo.

Maria abre uma janela para que vejamos a realidade na qual ela já está presente e para a qual quer nos dirigir a todos. É sobre o céu e a vida eterna com Deus.

Quem o deseja, fortalece seu coração materno.

Flavio Gillio MS

Eusébio Kangupe MS

Karol Porczak MS

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segunda-feira, 03 maio 2021 14:30

Reflexão - Maio 2021

A mensagem de La Salette coloca em evidência o sonho de Deus

Maio 2021

Sonhando com o Filho e com a Mãe

Então Deus disse: Façamos o homem à nossa imagem e semelhança. Que ele reine sobre os peixes do mar, sobre as aves do céu, sobre os animais domésticos e sobre toda a terra, e sobre todos os répteis que se arrastam sobre a terra’. Deus criou o homem à sua imagem; criou-o à imagem de Deus, criou o homem e a mulher” (Gn 1,26-27). No início do livro do Gênesis e da História da Salvação, encontramos o “sonho de Deus” para a humanidade.

Encontramos uma dinâmica narrativa semelhante no início do ministério público de Jesus. Na sinagoga de Nazaré, Jesus compartilha com a presente assembleia outro sonho, aquele do seu ministério público, aplicando a si mesmo o que foi lido pelo Profeta Isaías (Lc 4,14-30).

Do ponto de vista narrativo, tanto Deus quanto Jesus são personagens guiados por “objetivos” e “propósitos”. Mas detenhamo-nos brevemente na figura de Jesus: desde os primeiros momentos do seu ministério público, Jesus é caracterizado como um homem de objetivos (metas-orientadas). O episódio de Nazaré, uma vez inserido no contexto da macro narrativa de São Lucas, funciona como um texto programático. Esta é a “Carta Magna Apostólica” de Jesus. Neste episódio, de fato, são delineados os objetivos do ministério de Jesus, expressos através do imaginário e linguagem profética. Assim abordado, o episódio de Nazaré permite-nos refletir sobre a importância de termos “metas” e “objetivos no Espírito”, tanto na nossa vida religiosa como na nossa vida apostólica.

Primeiro: estabelecer a si mesmo “metas e propósitos no Espírito” é uma responsabilidade espiritual (veja, por exemplo, Fl 3,12-15). Podemos viver “por padrão” ou projetar criativamente nosso caminho de vida seguindo os impulsos do Espírito. Podemos viver estabelecendo “metas” e “objetivos” para nós mesmos, ou deixar que as circunstâncias decidam por nós o que fazer. É a diferença entre viver e existir, entre viver simplesmente reagindo às circunstâncias ou viver traçando nosso caminho de seguimento de Jesus de Nazaré.

Segundo: “objetivos e intenções no Espírito” são afirmações de fé. Dizem o que é importante e relevante para nós e, ao mesmo tempo, testificam nossa experiência de Deus e também nossa confiança Nele. Frequentemente, grandes “metas” e “propósitos” traem uma fé profunda, enquanto pequenas “resoluções” ou “metas” podem aludir a uma fé instável e superficial (ver Ef 3,20-21). Frequentemente, a medida de nossa fé em Deus decide a medida de nossos sonhos, “metas” ou “propósitos”.

Terceiro: ter, tanto na vida religiosa como apostólica, “metas e intenções no Espírito” evita o risco de perder o foco e a direção. Eles evitam o risco de correr incertos batendo no ar em vão (veja 1Cor 9,26).

Quarto: “metas e intenções no Espírito” nos motivam a persistir e perseverar.

Quinto: “metas e intenções no Espírito” edificam e moldam nosso caráter cristão. À medida que corremos em direção aos nossos “objetivos” e “propósitos”, também colaboramos com o Espírito na construção de nosso caráter como discípulos de Jesus de Nazaré (ver Fl 3,12).

Agora, como o Filho, a Mãe também tem um sonho. Um sonho que se torna missão para nós. As palavras finais do discurso da Bela Senhora de La Salette a Maximino e Melânia revelam o seu sonho: “Transmiti isso a todo o meu povo”. Um sonho “em andamento”. O sonho dela. Nossa “meta ou objetivo no Espírito”.

Chamados a identificar-se com Deus

“Então Deus disse: “Façamos o homem à nossa imagem e semelhança. Que ele reine sobre os peixes do mar, sobre as aves do céu, sobre os animais domésticos e sobre toda a terra, e sobre todos os répteis que se arrastam sobre a terra”. Deus criou o homem à sua imagem; criou-o à imagem de Deus, criou o homem e a mulher” (Gn 1,26-27).

Deus sonhou com o homem e o criou à sua imagem e semelhança. E também por ter desobedecido, o homem tenha perdido a amizade divina, o pecado não destruiu totalmente esta relação, pois Deus sonhou com a restauração do gênero humano e, por isso, enviou seu Filho (Jo 3,16). O plano de enviar o Filho foi precedido por grandes figuras testadas na fidelidade, como Noé, Abraão, Moisés, Davi. Com eles, e especialmente depois de Moisés, Ele sonha em ter todo um povo profético; ele sonha com o dia em que poderá purificar o homem, trocar seu coração de pedra por um de carne, infundi-lo com o Espírito Santo. O sonho se torna realidade em seu Filho Jesus Cristo que expiou nossos pecados por meio de seu sangue derramado na cruz. Desta vez, Cristo, nossa paz, deu a Deus a oportunidade de se aproximar Dele novamente. O sonho se realiza no dia de Pentecostes com o envio do Espírito Santo que criará intimidade, relacionamento e um corpo cujos membros são todos aqueles que aceitam o convite para entrar no Reino inaugurado por Cristo.

O sonho de Deus se identifica com a vontade de Deus que deseja que “todos os homens sejam salvos e cheguem ao conhecimento da verdade” (1 Tm 2,4). Portanto, todo homem deve se aproximar de Cristo “o caminho da verdade e da vida”.

“Vinde, meus filhos, não tenhais medo, aqui estou para vos contar uma grande novidade”. Neste convite, o mensageiro é o porta-voz de seu Filho amado. Não traz uma mensagem nova, tem por objetivo orientar-nos a colocar em prática os ensinamentos de Nosso Senhor Jesus Cristo. É justamente para lá que a mensagem de La Salette nos leva, ao sonho de Deus, no sentido de que busca tirar o homem da lama do materialismo, do secularismo e da indiferença em que se encontra imerso.

“Se se converterem, as pedras e rochedos se transformarão em montões de trigo!” Convertei-vos e crede no Evangelho (Mc 1,15) foi o grande apelo que Jesus fez ao mundo, e em sua aparição em La Salette e em outros lugares, Maria continua a repetir a mesma mensagem. A conversão do homem é a garantia da sua santificação e o primeiro passo para a harmonia do nosso planeta. O estado mental do homem influencia o universo a se voltar para Deus ou se desviar de seu Criador. O que assistimos hoje com a pandemia Covid-19 pode-nos ajudar a rever nossa posição diante de Deus.

A maneira como os mundanos tentaram administrar a situação dispensando Deus, testemunha, de agora em diante, a perplexidade do homem em avaliar as coisas do alto. Um exemplo concreto são as restrições que os fiéis têm para realizar seus cultos nas igrejas em um momento em que, paradoxalmente, a abertura de supermercados e vários tipos de eventos não encontraram obstáculos. Nesta situação de mundanismo, convém censurar o nosso silêncio, que se confunde com um certo conformismo. Pelo contrário, Nossa Senhora afirma fortemente o primado do espiritual, submetendo-se a Deus.

Somos destinados ao paraíso

No seu discurso, Jesus recordou: «Ora, esta é a vontade daquele que me enviou: que eu não deixe perecer nenhum daqueles que me deu, mas que os ressuscite no último dia» (Jo 6,39). Este é o plano de ação de Deus em todos os tempos. Chamados à existência, com a nossa colaboração na concepção da nova geração, somos para Deus como “a menina dos seus olhos”. Ele se preocupa para que todo homem concebido na terra compartilhe a vida na eternidade com o Deus Único e Trino. No momento da concepção, o homem recebe um dom extraordinário: a dignidade de um potencial habitante do Céu com Deus e com os demais seres humanos.

Maria é a representante daquela sociedade que agora já terminou sua peregrinação terrena. Ela conhece bem todo o desígnio de Deus e vem mostrar-nos onde a dignidade da pessoa humana destinada ao Céu está ameaçada. Com a sua Mensagem, ele quer despertar em nós o desejo do Céu e a importância do encontro com o Seu Filho na Eucaristia, além de nos sensibilizar para o respeito por Aquele que por amor se doou a si mesmo.

Melânia e Maximino eram adolescentes simples, mas a história que vivenciaram no encontro com a Bela Senhora nada tinha a ver com a mentira ou com a manipulação. Eles registraram tudo perfeitamente: o vestido próprio de uma camponesa não ocultou a majestade celestial de Nossa Senhora; sua maneira de falar era tão extraordinária que até mesmo a língua estrangeira e a longa conversa com ela ficaram indelevelmente marcadas na memória dos videntes, pois sua fala era fortemente marcada por uma origem além do mundo, e sua voz, apesar de sua aflição, suscitou confiança e compaixão nos dois. As lágrimas de Maria comoveram visivelmente Melânia e Maximino, e cada vez que eles contavam esse acontecimento, eles notavam esse fato, por sua vez, despertando profunda emoção nos ouvintes; o próprio desaparecimento de Maria suscitou nas testemunhas do encontro com Ela, uma reflexão sobre o fato de que não lhe haviam pedido que os levasse consigo; embora não soubessem quem era a Senhora, queriam ir aonde Ela fosse, porque a impressão que a sua presença suscitou foi tão bela e beatificante.

Triste, mas também grande e necessária, foi a novidade trazida a todos nós naquela tarde de 19 de setembro de 1846. A Rainha do Céu e da Terra vem para libertar em nós a consciência de que somos para Deus: de que somos Seus filhos. A única predestinação ligada ao simples fato de ser homem é a do céu. Não há outra predestinação nos planos de Deus. Se este plano não leva o homem ao Céu, é só por culpa dele - porque o próprio homem não o quer!

A Mãe de Deus e a Mãe dos homens, gerando o Homem mais distinto da terra, Jesus Cristo, nos lembra que em Seu Filho somos todos irmãos. Desfrutamos da mesma dignidade que o Filho de Deus, porque Deus decidiu nos adaptar como Seus filhos de Sua divina eleição.

Embora Maria nos mostre antes nossas omissões em seguir o plano de Deus, quando refletimos sobre Sua Mensagem, surge em nós o desejo de prestar atenção às coisas de Deus e de querer melhorar nosso relacionamento com Deus por meio de Jesus Cristo.

Maria abre uma janela para que vejamos a realidade na qual ela já está presente e para a qual quer nos dirigir a todos. É sobre o céu e a vida eterna com Deus.

Quem o deseja, fortalece seu coração materno.

Flavio Gillio MS

Eusébio Kangupe MS

Karol Porczak MS

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